Canijo / Fernando Mansilla

Portada de Canijo, de Fernando Mansilla. Ed. Barret, 1ª ed. mar. 2022. Cubierta de Pablo Peña.

Vuelvo con una novela a la que tenía muchas ganas desde hace tiempo. Se publicó en 2013 por la Editorial El Rancho y resultaba difícil de conseguir salvo, quizá, por Iberlibro. Estaba acumulando mandanga en la cesta para hacer un buen pedido cuando, ¡oh, sorpresa! Llegó la Editorial Barret a rescatarlo. Hablo de Canijo, de Fernando Mansilla, una historia de hiperrealismo sucio ambientada en la Sevilla de los 80.

Últimamente parece que digo mucho eso de «esta va para el top del 2022 de cabeza». Tiene que ver con que no estoy reseñando todo lo que leo, pero lo que me flipa: sí o sí. Con esta me lo he pasado pipa. Una obra que se encarama a la cúspide de la literatura yonqui, con uñas de luto y los brazos amorataos, para hacerle compañía a obras tan duras como Trainspotting, Caballos salvajes o Siempre medianoche; donde, en todas ellas, una de las protagonistas principales —por derecho propio— es la heroína.

Sin embargo, a pesar de lo turbio y oscuro del ambiente, me ha parecido más luminosa que las mencionadas. Quizá por la jerga caló y el andalûh, quizá por el sol sevillano y el brillo del Guadalquivir; o muy probablemente porque desde el primer momento la banda sonora que retumbaba en mi cabeza era Alegríâ de la Alamea, de Califato3x4.

Tirito pa tí no ay
Tirito pa tí no ay ya
Tirito pa tí no ay ay!
Tirito pa ti no ay

Que êh donde yo me crié
bendita çea la Alamea
que êh donde yo me crié
lâ coçâ que me ençeñâtte
nunca lâ orbiaré

(…)

Yo me pedí una caña
N’er bîccaíno
Le pedí açeitunita
Y me puço xoxitô
Y me puço xoxitô mare
Y me puço xoxito
Yo le pedí una caña’r malahe der Bîccaino

Fernando Mansilla, de la Barceloneta al Guadalquivir

Fernando Mansilla (1956 – 2019) era uno de los artistas underground más conocidos de Sevilla. No solo se defendía con la pluma como poeta, dramaturgo o novelista, también picoteó con la música para sacarse unos jureles, aunque no se consideraba músico. Personaje peculiar y reconocido por los ambientes callejeros, alejado de señoritos, gominas, chalequitos y náuticos.

Tanto es así que ni le gustaba la feria, ni tampoco era un entusiasta de la Semana Santa. Uno de sus poemarios se llama Dejad que los colgados se acerquen a mí; nunca le molestó que desconocidos se le acercasen a pedir dinero mientras tocaban la guitarra, al revés, le gustaba hablar con ese tipo de gente. Creo que con estas pistas es fácil hacerse una idea sobre su calidad humana.

Lo de la Barceloneta viene porque —para mi sorpresa— nació en Barcelona, aunque se marchó joven de casa y recorrió diferentes ciudades hasta aterrizar en Sevilla a principios de los 80. Conoció de primera mano este submundo del que se habla en Canijo y perdió muchos amigos con la lacra del caballo (a dos de ellos, Nano y Ana, les dedica la novela; de hecho aparecen en ella pero con otros nombres). Como a tantos otros escritores que han pasado por este blog, la literatura le salvó de morir (o matar), que es lo que le ocurrió a la mayoría de los que cayeron en ese pozo sin fondo del que tan jodido es salir.

Además de las obras ya mencionadas, también tiene publicadas en Barret Relatos faunescos y Matar cabrones, novela póstuma esta última y que seguro que antes o después leeré. Una lástima haber conocido tan tarde a Fernando Mansilla, pero por fortuna hay mucho material (impreso y audiovisual) para empaparse de él.

Canijo y el lumpen de los 80 en Sevilla

La novela comienza en las conocidas Tres Mil viviendas, con una reyerta entre familias que termina con tó lleno de sangre, algún cadáver, un patriarca enchironao y una de las familias desterrada de las Tres Mil. Los Molina y su negocio se trasladan al casco antiguo de la capital, donde se tendrán que hacer un hueco entre los demás trapicheros del lugar. Mientras tanto, Canijo (el Mark Renton de esta historia) intuye que está perdiendo a su novia Sofía e ignora (o prefiere ignorar) que la heroína está empezando a poseerlo.

Mi cerebro se detiene. Puedo verme. Si atiendo con atención puedo asistir a la lucha del poderoso deseo: «que esté Sofía en casa», contra la fría indiferencia que la heroína derrama en mi corazón.

La familia de los Molina, Canijo y sus amigos Carlos y Martina, el Gamba, la Mari, el madero Quitallaves y muchos otros conforman ese microcosmos que gira alrededor de la compraventa, las platas, los picos, los atracos y tirones, el síndrome de abstinencia, las venganzas y las muertes por puñalá o por SIDA. Todos ellos se desenvuelven por la plaza del Pumarejo y rondan la Alameda que tanto adoraba Fernando Mansilla, lugares donde se desarrolla esta historia extraída de la realidad de aquellos turbulentos años.

—¡Sal a pelear como los tíos, mujereta!
Fueron sus últimas palabras. Ni siquiera vio desde dónde le dispararon, oyó el estruendo seco del primer disparo y lo sintió penetrarle en el costado, pero ya no oyó el segundo, el que lo acabó de rematar cuando todavía estaba de pie, y eso que la bala le entró por una oreja y salió por la otra, como para no oírla.

Testimonios de una década

El pasado no se puede borrar ni cambiar, sobre él solo se puede dejar constancia, y esto es lo que hizo Fernando Mansilla. Novelas como Canijo sirven para mostrar a las nuevas generaciones cómo eran sus calles hace cuarenta años y la desgracia que arrasó barrios enteros. Sevilla, Madrid, Barcelona o Bilbao, es igual, durante los ochenta cayeron los chavales como moscas.

—¿Tú llevas muchos años enganchado?
—¿Enganchado? Yo no estoy enganchado, chaval. Yo estoy poseído. Y creo que tú también. —Me miró con largueza. Me miró con sorna—. Sí. Tú también tienes el espíritu metido en el cuerpo.
Serena tenía una opinión formada sobre la naturaleza de la heroína:
—Un espíritu. Un ente. Una conciencia. Un parásito, también.

No obstante, a pesar de la oscuridad que rodea a esta historia, la forma en que está narrada tiene sus puntitos luminosos gracias al tono irónico que el autor emplea. Consigue engancharte a la trama sin arrastrarte al pozo, manteniéndote al filo del abismo, como trata de hacer Canijo.

Hiperrealismo en fondo y forma

Con lo que me flipa a mí que las novelas realistas lo sean también con el lenguaje, me lo he pasado teta leyendo esta. La jerga, el acento y el caló están muy presentes en los diálogos. En general, intenta ser fiel a la forma de hablar de los personajes y llegas a encontrarte frases como esta que suelta una de los Molina:

«Niña, ves a la quinquina y calienta una poca pañí hasta que jierva. Vamos a hacer una piri de noricales para que ese gitano se chupe los panrós».

Toma ya.

Además, eres capaz de empatizar con algunos personajes, odiar a otros y ser testigo de cómo evolucionan, hacia el caos, eso sí, en la mayoría de los casos. Tienes ganas de saber qué va a pasar con este o con aquella, qué consecuencias van a traer consigo sus acciones y quién ganará al final, si es que alguien lo hace, o si todos pierden.

En fin, que si te gustaron novelas como Trainspotting, Caballos salvajes, Siempre medianoche, Yonqui (de William S, Burroughs) o historias de ese estilo, no puedes dejar escapar Canijo. Para mi gusto, no tiene nada que envidiar a las otras. Chapó. Como decía, seguiré descubriendo el resto de la obra de Mansilla.

PD: A mí me ha flipao —siendo de Madrid—, pero imagino que para cualquier sevillano que sea lector de este tipo de historias tiene que ser la hostia, al conocer todas las ubicaciones. Confesaré que he visitado el número 65 de la calle San Luis, donde vivieron los Molina, con el streetview de Google Maps (de hecho, hasta se alquila algún AirBnb dentro y puedes ver el patio interior), pero sospecho que nada tiene que ver con lo que era entonces.


Algunos fragmentos de Canijo, de Fernando Mansilla

Qué diestro es Eduardo con su azadón, no lo haría tan bien ni con tanto entusiasmo si tuviera que emplearlo en el campo para remover la tierra o escachifar la remolacha. Eduardo es quizás el hermano Molina que más disfruta la violencia. El azadón es arma letal, pero su pericia llega al punto de golpear lo justo para romper sin matar, lo hace con el azadón de lado, de forma que te descalabra sin asesinarte.

mal socio, mal cómplice se ha buscado la pequeña Mari aliándose con un ser tan temible como ciertamente es Rafael el Gamba. Hasta Pedrito, a sus trece años, intuye que Rafael el Gamba es un hombre perverso. Pero a Pedrito no le asusta la perversidad. Está acostumbrado a ella, la huele, la reconoce a leguas, la ve venir.

no tenía frío, huir de la Policía proporcionaba calor. Era excitante huir de la madera. Si te salía bien, si escapabas, te encontrabas luego en la gloria. Qué placer escapar de las garras de la Justicia. Mentira, la clandestinidad es una paranoia.

El mercadillo estaba a rebosar de gente, no se podía casi caminar por el pasillo entre las dos hileras de puestos. Allí se vende de todo y casi todo usado: ropa, discos de pizarra de flamenco, zapatos, libros, antigüedades, vajillas de porcelana, artículos de ferretería… y también objetos absurdos e incalificables, bombillas fundidas, zapatillas de estar por casa rotas y desgastadas por el uso, mecheros sin gas… Además, eran buenos días para relacionarse, tomar una cerveza al mediodía en el Vizcaíno si era jueves, o en Las Columnas si era domingo.
De una u otra manera eran días buenos para los yonquis del barrio que como nosotros vendían su hacienda semana a semana.

3 comentarios en «Canijo / Fernando Mansilla»

  1. Impresionante, para mí es fuerte pero seguro que el resto que te sigue lo leerá, tus reseñas son siempre excelentes.
    Gracias como siempre
    Besos

  2. Acabo de terminarlo, una maravilla, directo al Top 5 de mis mejores lecturas del año, seguro. Hey! sobre la fecha de nacimiento hay peña que dice 1956, 1957 (tú), o 1965 (que es con la que me quedo yo por lo que he investigao por ahí, pero tampoco estoy seguro…).

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