El Evangelio según Jesucristo / José Saramago

Portada de El Evangelio según Jesucristo, de José Saramago. Ed. DeBolsillo,

Regreso a un autor con el que no me encuentro desde hace casi veinte años: José Saramago; del que en su día leí Ensayo sobre la ceguera y Ensayo sobre la lucidez. Esta vez le toca el turno a El Evangelio según Jesucristo y puedo decir que me ha gustado todavía más. Gracias a Camino (superlectora voraz y de calidad) por regalármela hace un par de cumpleaños, la verdad es que me ha flipao.

En esta ocasión, Saramago novela la vida de Jesucristo, basándose en los evangelios canónicos, pero ampliando su historia con lo que, a su entender, pudo experimentar el personaje más famoso de todos los tiempos. Una narración sin desperdicio. Tiene ritmo, personajes magistrales —muy humanos (incluso cuando de Dios o del Diablo hablamos—, mucho contenido crítico y una trama de la que, aunque conozcas algunas partes, no te puedes despegar. Guapísima.

«Dios quiera que sea niño, pensaba José algunas veces a lo largo del día, y María pensaba, Dios quiera que sea niño, pero las razones por las que esto pensaba no eran las mismas».

José Saramago: leído, querido y admirado por la humanidad (salvo por la Iglesia)

«José de Sousa Saramago» (1922-2010) son palabras mayores, como creador y como persona. Lo primero lo respalda el Nobel de Literatura que le fue otorgado en 1998, lo segundo parece obvio cuando ves o lees algunas de las muchas entrevistas que le hicieron. Después de terminar el libro me he visto algunas, además del documental José y Pilar, y la verdad es que es una delicia escucharlo hablar. Extraigo de todas ellas la sensación de que se trataba de alguien repleto de inteligencia, bondad, racionalidad, humildad, empatía, comprensión y muchas otras virtudes que, sin duda, lo convirtieron en uno de los personajes del siglo XX más admirados.

Sin embargo, al portugués también le salieron algunos detractores; y este Evangelio según Jesucristo, fue una de las causas de ello. A la Iglesia no le gustó demasiado, lo tacharon de blasfemo y fue excomulgado dos veces por el Vaticano, una en vida y otra a título póstumo. Podríamos utilizar aquella frase de «con la Iglesia hemos topado», pero como le corrigió el propio Saramago a Jesús Quintero en una entrevista: «ha sido la Iglesia la que topó conmigo».

Lo definieron como un «comunista recalcitrante». Como decía el propio José, en palabras mucho más correctas que las que voy a escribir yo: qué tendrán que ver los cojones para comer trigo. Además de que, como explica: «yo no he hecho mal a nadie y la Iglesia ha hecho mucho daño en el pasado y lo seguirá haciendo. Verá usted: jamás una religión sirvió para acercar los seres humanos los unos a los otros (…) Al contrario, siempre tuvimos esta idea falsa, mentirosa, de que lo que nosotros somos, tenemos y creemos es lo único que los otros tienen que creer». No le faltaba razón.

El Evangelio según Saramago

La mayor parte de la narración se centra en la vida de Jesús antes de empezar a dar que hablar. Adquieren especial protagonismo sus familiares: María —la madre—, José —del que nunca se habla para no quitarle protagonismo al «otro» padre— y María Magdalena —relegada a un segundo plano desde el principio de los tiempos—.

La novela comienza con la descripción de un grabado (La crucifixión, de Durero, realizada en el año 1508 aprox.) en el que aparece Jesucristo en la cruz. El autor va describiéndolo de forma pormenorizada y ofrece una pista de la visión que vas a encontrar a lo largo de la obra.

«este hombre, desnudo, clavado de pies y manos en una cruz, hijo de José y María, Jesús de nombre, es el único a quien el futuro concederá el honor de la mayúscula inicial, los otros no pasarán nunca de crucificados menores. Es él, en definitiva, este a quien miran José de Arimatea y María Magdalena, este que hace llorar al sol y a la luna, este que hoy mismo alabó al Buen Ladrón y despreció al Malo, por no comprender que no hay diferencia entre uno y otro, o, si la hay, no es ésa, pues el Bien y el Mal no existen en sí mismos, y cada uno de ellos es sólo la ausencia del otro».

Tras esta introducción es cuando arranca la «bio». De forma ordenada, comienza con los acontecimientos previos a su nacimiento y continúa con su infancia y adolescencia temprana, cuando tiene lugar uno de los momentos-bisagra: la muerte de su padre, José. Después llegarán sus andanzas por Galilea, las revelaciones y demás. Lo que habitualmente se muestra en las pelis o lo que, sobre su vida, se suele enseñar en clases de religión es lo que menos relevancia tiene en toda esta historia. Eso ya se lo sabe todo quisqui, por unos motivos u otros.

Crítica y guiños de humor y feminismo

El contexto histórico que rodea la vida de Jesús, las costumbres y creencias de entonces, se aborda y critica entre líneas —cuando la ocasión lo merece— por parte del autor. A pesar de lo solemne que pueda resultar esta historia y, ojo, el respeto con que se trata (aunque a la Iglesia le parezca que no, a mí me parece que sí), no son pocos los momentos en los que sobresale el humor del autor ante ciertas situaciones o conversaciones.

Por ejemplo, cuando Saramago imagina algunas conversaciones que pudieron mantener Jesús y Dios:

«Y ahora, puedo irme ya, Puedes irte, y no olvides que a partir de hoy me perteneces por la sangre, Cómo debo alejarme de ti, En principio, da igual, para mí no hay delante y detrás, pero la costumbre es retroceder haciendo reverencias, Señor, Qué pesado eres, hombre, a ver, qué te pasa ahora»

Tampoco son pocas las ocasiones en las que Saramago pone de relieve la situación de las mujeres. Habla de desigualdad y sumisión, en el ambiente familiar y en el religioso.

«Descalza va María a la fuente, descalza va al campo, con sus vestidos pobres que se gastan y ensucian más en el trabajo y que hay que remendar y lavar una y otra vez, para el marido son los paños nuevos y los cuidados mayores, mujeres de éstas con cualquier cosa se conforman. María va a la sinagoga, entra por la puerta lateral que la ley impone a las mujeres, y si, es un decir, se encuentra allí con treinta compañeras, o incluso con todas las mujeres de Nazaret, o con toda la población femenina de Galilea, aun así tendrán que esperar a que lleguen al menos diez hombres para que el servicio del culto, en el que sólo como pasivas asistentes participarán, pueda celebrarse».

La visión y estilo de Saramago

La revisión por parte de Saramago de lo que pudo ser la vida de Jesucristo y sus allegados tiene mucho que ver con la experiencia y sabiduría de quien escribe: una persona ética, racional y humilde. Por eso, los personajes y los acontecimientos son verosímiles (salvando los milagros o los encuentros con Dios y con el Demonio, que los incrédulos nunca admitirían), convirtiéndolo en una historia que perfectamente podría encajar con la realidad y mucho más humana de lo que al Vaticano le gustaría, claro.

Creo que la única dificultad que algunos podrían encontrarle a esta obra es el estilo que emplea Saramago, algo que no le sorprenderá a cualquiera que se haya enfrentado a alguna de sus obras. En cambio, a quienes nunca se hayan acercado a este autor, lo primero que les chocará será la ausencia de variedad de signos de puntuación. Los diálogos no van con rayas, las oraciones se extienden a lo largo de muchas líneas hasta que encuentras un punto; aquí son las comas las que marcan el ritmo. Suma un poco de complejidad a la lectura, pero nada a lo que no te acostumbres. De hecho, me ha resultado mucho más sencillo de leer que sus ensayos, sobre la ceguera y la lucidez, aunque no sé si es porque sea menos complejo o porque yo he adquirido experiencia en estos años.

En fin, que no puedo hacer otra cosa que recomendar El Evangelio según Jesucristo porque es una maravilla. Me ha gustado todavía más que sus ensayos y me anima a seguir indagando en la obra de Saramago (puesto que, hace unos años, «pinché en hueso» con El viaje del elefante y eso hizo que haya tardado tanto en volver a él).

Una genialidad. Va a mi top del año, de cabeza.


Algunos extractos de El Evangelio según Jesucristo, de Saramago

«Dios es ojo, oreja y lengua, lo ve todo, lo oye todo, y si no lo dice todo es porque no quiere, (…) Y por qué crees tú que Dios es un ojo y una oreja y no dos ojos y dos orejas como tú y como yo, Para que un ojo no pudiera engañar al otro ojo y una oreja a la otra oreja, para la lengua no es necesario, es una sola, La lengua de los hombres también es doble, tanto sirve la para verdad como para la mentira, A Dios no le es permitido mentir, Quién se lo impide, El mismo Dios, o se negaría a sí mismo».

«está escrito, Llora amargamente y rompe en gritos de dolor, observa el luto según la dignidad del muerto, un día o dos por causa de la opinión pública, después consuélate de tu tristeza, y escrito está también, No debes entregar tu corazón a la tristeza, sino que debes apartarla de ti, recuerda tu fin, no te olvides de él, porque no habrá retorno, en nada beneficiarás al muerto y sólo te causarás daño a ti mismo. Aún es pronto para risas, que a su tiempo vendrán, como los días vienen tras los días y las estaciones tras las estaciones, pero la mejor lección es la del Eclesiastés, que dice, Por eso alabé la alegría, porque para el hombre no hay nada mejor bajo el sol que comer, beber y divertirse».

María

«Debes saber, María, que el Señor puso su simiente mezclada con la simiente de José en la madrugada que concebiste por primera vez, y que, por consiguiente y en consecuencia, de ella, de la del Señor, no de la de tu marido, aunque legítimo, fue engendrado tu hijo Jesús. Se asombró mucho María con la noticia, cuya sustancia, felizmente, no se perdió en la confusa alocución del ángel, y preguntó, Entonces Jesús es hijo mío y del Señor, Mujer, qué falta de educación, a ver si tienes más cuidado con las jerarquías, con las precedencias, del Señor y mío tendrías que haber dicho, Del Señor y tuyo, No, del Señor y tuyo, No me confundas la cabeza, respóndeme a lo que te he preguntado»

«María no es piadosa ni justa, pero no tiene ella la culpa de estas quiebras morales, la culpa es de la lengua que habla, si no de los hombres que la inventaron, pues en ella las palabras justo y piadoso, simplemente, no tienen femenino».

Charlas con (y entre) Dios y el Diablo

«Seguro que sabes mejor que yo que, cuando se expulsan diablos de un cuerpo, no se sabe adónde van, Y por qué tengo que saber asuntos del Diablo, Siendo Dios, tienes que saberlo todo, Hasta cierto punto, sólo hasta cierto punto, Qué punto, El punto en que empieza a ser interesante hacer como que ignoro»

«Estoy a la espera, De qué, preguntó Dios, como si estuviera distraído, De que me digas cuánto de muerte y sufrimiento va a costar tu victoria sobre los otros dioses, con cuánto de sufrimiento y de muerte se pagarán las luchas que en tu nombre y en el mío sostendrán unos contra otros los hombres que en nosotros van a creer, Insistes en querer saberlo, Insisto, Pues bien, se edificará la asamblea de que te he hablado, pero sus cimientos, para quedar bien firmes, tendrán que ser excavados en la carne, y estar compuestos de un cemento de renuncias, lágrimas, dolores, torturas, de todas las muertes imaginables hoy y otras que sólo en el futuro serán conocidas»

«este Bien que yo soy no existiría sin ese Mal eres, un Bien que tuviese que existir sin ti sería inconcebible, hasta el punto de que ni yo puedo imaginarlo, en fin, que si tú acabas, yo acabo, para que yo sea el Bien, es necesario que tú sigas siendo el Mal, si el Diablo no vive como Diablo, Dios no vive como Dios, la muerte de uno sería la muerte del otro»

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