Black, black, black / Marta Sanz

Portada de «Black, black, black», de Marta Sanz. Ed. Anagrama. 5ª ed. en «Compactos», jun. 2020. Colección «Compactos», v.639
Portada de «Black, black, black», de Marta Sanz. Ed. Anagrama. 5ª ed. en «Compactos», jun. 2020. Colección «Compactos», v.639

Hoy traigo a una autora con la que dije que repetiría (Marta Sanz) y ¡cuánto me alegra haber cumplido con mi palabra! He tenido el placer de leer «Black, black, black» (la primera de las novelas que forman la trilogía del detective Arturo Zarco y Paula Quiñones) y me ha encantado, me ha gustado todavía más que pequeñas mujeres rojas. Aunque, no sé si decir que «me ha gustado más» es correcto, lo más acertado sería decir que «me ha gustado tanto o más que la otra porque, sobre todo, no he sufrido».

Como decía, se trata de una novela de detectives de corte clásico pero traída al siglo XXI, afincada en el aquí y ahora, y desarrollada y narrada con gran maestría por parte de la autora. Supongo que al comenzar con pequeñas mujeres rojas (la última de la saga) empecé la casa por el tejado; aunque son novelas que se pueden leer de forma independiente, creo que le habría sacado un poco más de jugo conociendo a los personajes antes. Estoy contentísima de haber puesto los cimientos, por fin, ¡qué estreno! ¡Qué pedazo de novela!

«—Nuestro pacto era con la ficción, nunca con la verdad. Aunque la gente confunde las dos cosas continuamente…

—Es que hay personas que dicen más verdades mintiendo que otras confesándose».

Arturo Zarco y Paula Quiñones: la presentación

La novela comienza presentándonos a Arturo Zarco, el detective oficial de la novela, encargado de investigar la muerte de una mujer. Acostumbrado a otro tipo de sucesos, está encantado de por fin tener un «caso de verdad».

«No era un encargo de esos progenitores que con gusto les pondrían a sus hijos pulseras, aretes y microchips electrónicos para comprobar el número de pastillas que ingieren por noche o la cantidad de alcohol que filtran sus higadillos de pollo en pleno proceso de crecimiento».

Junto a Zarco (o por delante de Zarco) está Paula, su exmujer, inspectora de hacienda, cuyo papel en esta historia resulta imprescindible para poder desenmarañar los hilos que tejen la trama.

En toda investigación que se precie, lo primero que hay que hacer es inspeccionar el lugar del crimen. Así que Zarco se plantará en el domicilio de la víctima para husmear en lo posible y obtener información, tanto por parte del viudo como del resto de vecinos del edificio. De esta forma, se adhieren el resto de personajes, sospechosos potenciales, y se irán descubriendo poco a poco los secretos que habitan el portal.

Al más puro estilo Agatha Christie, Marta Sanz va manejando al lector a su antojo y te rompe los esquemas una y otra vez. [Nota: es de agradecer que la cantidad de personajes no sea tan extensa como las que suele incluir «la reina del crimen» y, por tanto, sea innecesario ese «listín telefónico» que incluyen sus novelas]

Estilo y narración de Marta Sanz

Con pequeñas mujeres rojas me quedó clara una cosa (además de que Marta Sanz es una persona comprometida con la sociedad): su manejo del lenguaje es impecable; con Black, black, black afianzo y aumento mis impresiones positivas al respecto: lo veo, y envido más. Qué gozada. Además de estar leyendo una novela negra, estás leyendo literatura de calidad excepcional (a mi parecer). Este equilibrio no es habitual.

El punto de vista de la narración varía conforme avanzas en la novela. Inicialmente el foco lo tiene Zarco, que comienza la investigación y la va comentando con Paula Quiñones. Los diálogos entre ambos, vistos desde el punto de vista de Zarco, son geniales y sirven para mostrarnos la trama, la personalidad de los personajes y la relación entre ellos. Y cuando ya te habías acomodado a vivir la novela como si fueras Zarco, el epicentro del terremoto vuelve a cambiar.

Entra en escena el diario de una de las vecinas (Luz), que servirá para ir ofreciendo otras perspectivas de la historia. El cambio es notable, la forma en que se expresa Luz es tan particular como lo somos cada una. Se convertirá, por méritos propios, en uno de los personajes principales de la novela.

Y, por último, el diario de Luz pasará el testigo a Paula, quien se nos dará a conocer aún mejor y terminará de resolver el misterio que envuelve a toda esta comunidad.

Los detectives y «la comunidad»

Una de las cosas que más me han gustado es que, al ofrecer distintas perspectivas, el retrato de los personajes va ganando matices. Lo que percibes como «su forma de ser» adquiere volumen, pasa a ser tridimensional, y va dando Luz (guiño, guiño) a sus sombras. Igual que la trama te sorprende, también lo hará el perfil de los personajes según los vas conociendo más.

Además de los personajes individuales, esta historia ocurre en una comunidad de vecinos normal y corriente. Estos vecinos pueden estar localizados en cualquier portal de Malasaña, Lavapiés o La Latina, podría haber ocurrido en tu keli fácilmente.

«En este barrio, a las siete de la mañana de un viernes unos llegan a su casa, otros salen de ella camino del trabajo, otros se apoltronan en las calles donde se han estado divirtiendo hasta bien entrado el amanecer. Los jóvenes conversan apoyados contra las paredes de los edificios; beben y fuman tabaco de liar, chinas de hachís, marihuana verde, cañamones, hebras de clorofila, goma de zapato».

La forma en que se tratan, marujean, ocultan y se señalan con el dedo los unos a otros os resultará familiar. Casi todas tenemos de vecino a alguno de los personajes que aparecen en la historia. Me ha recordado un poco a la forma en que se retratan estas relaciones en la película «La comunidad» de Álex de la Iglesia, ¡qué risas! ¡Qué retratos más mordaces! ¡Qué críticas más bien integradas!

Black, black, black: un diez

Cuando reseñé pequeñas mujeres rojas comenté que había pasajes tremendamente duros que casi me hicieron abandonar (hay que estar preparada y con el estómago bien asentado para superar ciertos tragos). No obstante, continué y me alegré de haberlo hecho, es una novela necesaria y escrita con mucha pericia. Con Black, black, black esto no me ha ocurrido en ningún momento. No significa que sea mejor novela, pero sí que puedo asegurar que la he disfrutado todo el rato -sin excepciones- y me ha costado separarme de ella durante la lectura. Con pequeñas mujeres rojas a veces tenía que parar y respirar hondo.

Me ha gustado mucho conocer, poco a poco, a los personajes que aparecen o se mencionan en la última novela de la saga (Zarco, Luz, Olmo y Paula). Estoy convencida de que tendría que haber empezado con Black black, black, siento que dejé pasar por alto algunos detalles (si bien, no afectó en absoluto a la trama).

En fin, que me ha flipado la historia, me ha pillado en bragas muchas veces, descubre los entresijos poco a poco sin nada que envidiar a Christie o Chandler. Además, nos sitúa en un marco que huele a Madrid a la legua: pura novela negra, de aquí, de Madrid, del Madrid de las «putas palomas».

Por último, la exhibición narrativa que hace Marta Sanz es genial, una vez más. Mi admiración a su pluma va in crescendo (por poner un ejemplo, la parte de los aforismos es una pasada) así que no cabe duda que iré a por «Un buen detective no se casa jamás» (la segunda de la saga) lo antes posible.

Y ya os adelanto que no pararé ahí. He estado viendo unas cuantas entrevistas y esta autora no para de encandilarme, así que después iré a por: Farándula, Clavícula, La lección de anatomía, Amour Fou… y lo que me echen.


Algunos fragmentos de «Black, black, black»

Retratos de la city

«Hoy, protegido por mis gafas, camino por una calle del centro. Veo gris el cielo y las fachadas de los edificios de cuatro plantas y la ropa en los escaparates de las tiendas. Gris el cristal de mis gafas por dentro y las vidrieras de los locutorios, grises las antenas parabólicas y los líquidos que quedan en los culos de los vasos de vermú. Grises las palomas y los coches aparcados. Grises mis manos cuando las saco de los bolsillos de la chaqueta para retirarme el flequillo. Grises los carteles de «Se vende» y de «Se alquila» y las bombonas de butano que la gente saca a los balcones. Grises las vomitonas que huelen desde el suelo. Grises las farolas y los contenedores de basura y las tapas de registro del alcantarillado y los adoquines. Grises las papeleras y el interior de la boca de los transeúntes. Grises las piezas de carne menguante para preparar el kebab y las tapitas, atravesadas con un palillo, para acompañar la caña. Las boutiques del gourmet. Grises las monedas para comprar el periódico y las orejas en las que se apoyan los teléfonos móviles. Los telefonillos de las comunidades. Grises el fontanero del barrio y los repartidores y las cajas de botellas de refrescos y los cascos vacíos….»

«Las palomas son animales mutantes, tóxicos e intoxicados, tuertos, pobres, numerosos, fecales, pedigüeños, parasitarios, una población que hay que mantener alejada… Me pregunto, al sobresaltarme por el roce de un ala en mi tobillo, al restregármelo compulsivamente, quién ha hecho de las palomas lo que son: necesitamos que existan palomas parias y, cuando no haya palomas, ya se nos ocurrirá otra cosa.

A mis vecinos también les molestan las palomas y han puesto en sus alféizares pinchos y polvos para matar cucarachas. En la última reunión, el presidente de la comunidad, un cura, incluso amenazó: «¡Voy a sacar la escopeta de perdigones!» Y es bien capaz de apoyar copeta en su alféizar y disparar contra las palomas».

Sobre la escritura y formas de (des)amor

«Escribir es un modo de pensar o de ordenar los cajones o de ponerle nombre a lo que nos va sucediendo o de detener lo que nos sucedió. Mis recuerdos son osos que hibernan en el fondo de la cueva. Carecen de importancia. Están dormidos. Son inofensivos; tal vez puros. Supongo que quien escribe un diario -y no sé si hablo por mí- es una persona que busca un camino para salvarse sin demasiadas esperanzas. Quizá al final me encontraré y será una auténtica desilusión y me saludaré diciéndome «desencantada de conocerte, querida»».

«Después, cada frase de la madre es un alarido «¡Ismael!», «¡estate quieto!», «¡no hagas eso con la cuchara!», «¡límpiate, asqueroso!», «¡te he dicho que te lo comas!»>, «¿estás tonto o qué te pasa?». No hay una brizna de amor en las palabras de su madre; una madre que habla así a sus hijos no puede arroparles con ternura, no puede afirmar que lo siente de verdad si el niño se abre la cabeza en el parque, si el niño se muere de una meningitis. Cada noche lo colocará al borde de la cunita y quitará los protectores para ver si el niño, en sueños, se cae y se muere porque nadie ha oído la caída y no lo van a descubrir desangrado por su brecha, congelado sobre el suelo de baldosas, hasta la mañana siguiente».

«Me casé con mi marido porque un día me miró de una forma que me obligó a agradecerle aquella mirada para siempre. Hago de toda mi vida la liquidación de la deuda que estaba contenida en una mirada que no se puede devolver».

Un pensamiento en “Black, black, black / Marta Sanz

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