Macarras interseculares / Iñaki Domínguez

Portada de "Macarras interseculares: una historia de Madrid a través de sus mitos callejeros" de Iñaki Domínguez
Portada de «Macarras interseculares: una historia de Madrid a través de sus mitos callejeros» de Iñaki Domínguez. Editado por Melusina.

Esta vez vengo con un nuevo ensayo, publicado este año, «Macarras interseculares» de Iñaki Domínguez cuyo subtítulo es «Una historia de Madrid a través de sus mitos callejeros». El título completo del ensayo es bastante descriptivo, si eres de Madrid y has nacido entre los 70 y los 80 lo vas a flipar, probablemente reconocerás algunas historias o personajes e incluso es posible que conozcas a alguno de los protagonistas que dan testimonio. Habrá a quien le entre la nostalgia, estoy segura. Me lo he pasado como una enana leyéndolo, hay cosas que no conocía, otras me sonaban, algunas otras las sabía a ciencia cierta y algunas pocas las he vivido de primera mano. Conforme se acercaba el final no quería que terminase, cosa que no ocurre con todos los ensayos (en ocasiones pecan de repetitivos o somnolientos).

Macarras interseculares: garitos madrileños

Si te has pateao Madrid y/o has visto amanecer/es sin haber vuelto aún a casa, algo de Macarras interseculares te será familiar y conocerás más de un sitio de los que aquí se mencionan. Iñaki Domínguez nos da un paseo por garitos, parques y otros lugares de reunión del Madrid las últimas décadas por medio del testimonio de muchísimos personajes (algunos podríamos decir que son supervivientes) implicados en mayor o menor grado en las historias que se narran.

Drugstore de Fuencarral (C/Fuencarral 101, donde actualmente hay un VIPS)

Dicho retrato incluye todos esos sitios donde a ninguno de vuestros padres les gustaría haberos encontrado y -si fuerais vosotros los padres y madres- donde no os gustaría encontrar a vuestras hijas e hijos. Véase el legendario y fuera de la ley Drugstore de Fuencarral.

Las discotecas abrían hasta las seis de la mañana aunque por entonces «había cosas en Madrid hasta las tantas… estaba el Drugstore que abría las veinticuatro horas. Había uno en la calle Fuencarral y otro en Velázquez». El Drugstore era «donde más peleas y más muertes había en Madrid». No es de extrañar esta observación, pues, como cualquiera puede corroborar de primera mano, los locales madrileños como «bares de viejos» que abren a primera hora, junto con los afters, generalmente atraen a todo tipo de indeseables beodos, y son foco de agresiones, reyertas y peleas de todo tipo. «En el Drugstore podías contratar putas, podías comprar droga, ahí podías comprar de todo… ahí podías hacer tu vida normal». Los Drugstores representaron lugares emblemáticos para la contracultura madrileña, aunque iba «todo tipo de gente, de todo», taxistas incluidos.

Madrid y el cambio de siglo

En este ensayo Iñaki trata de plasmar, por escrito, las aventuras y desventuras de los tipos más chungos y famosos -algunos son casi seres mitológicos, como dice el autor- y de retratar cómo era la ciudad entonces.

«Si te emborrachabas y perdí los papeles, llegaba un sereno y te ponía en tu sitio. Si le llevabas la contraria, a lo mejor te metía dos hostias, y, si seguías en tus trece, llegaba la policía y te metía otras tantas hostias».

Como se suele decir con los temas y ambientes más escabrosos y mal vistos, que no se vea (o se quiera ver) no significa que no exista. Con este libro, por medio de testigos, se inmortaliza parte de ese otro mundo madrileño.

En la calle Conde Duque había por entonces un cuartel de la guardia personal de Franco compuesta por marroquíes. Muchos miembros de dicha guardia vendían kifi o polen de primera calidad. Dice Domi que el kifi era una especie de dormidera, «más cercano, en sus efectos, al opio que al hachís o a la marihuana». Ya entonces había gente que lo consumía, pero nadie se daba cuenta de que te estabas fumando un porro porque, como dice Domi, «había mucha ignorancia».

Bandas, tribus y personajes interseculares

A lo mejor no os suena «la banda del moco» pero seguro que os suena un macarra intersecular como el Jero. También estoy segura de que muchos sabéis perfectamente de qué se habla si se mencionan a rockers, mods, nazis, pijos, punks, bakalas, heavies, raperos o graffiteros. Estas etiquetas y muchas más, constituyen un todo, una fauna urbanita que, de una forma u otra, se opone a seguir las pautas que la sociedad más costumbrista y acomodada espera de. Esto no es nuevo.

«Había anarquistas de estos que daban palos a bancos. Uno de ellos era miembro de una famosa saga familiar de actores. Daban “palos concienciados”. La mitad del botín iba para la organización y la otra mitad para ellos. Dentro de ese grupo hubo una escisión. Eran gente brava. V. estaba con esos también. Bravo con bravo se juntan».

Macarras en el campo de batalla

Como en cualquier jungla, existen rivalidades y alianzas establecidas (de forma puntual o permanente) entre los distintos grupos. A lo largo de las décadas las diferencias entre unos y otros se han solucionado mediante la violenciaManoteras en los noventa era como los Warriors«). Pues bien, muchas de estas historias son narradas aquí como anécdotas de abuelo cebolleta y he de confesar que mis preferidas han sido todas aquellas en las que se hace justicia (reciben los nazis).

«Una vez llegaron dos nazis a Chueca y a uno le metimos un navajazo en el culo. Los tíos vienen con banderas … que no sabían dónde se metían, vamos. Se metieron por la calle esa y se la llevaron (risas). Eso era peligroso. Si ibas con unos colegas a un concierto y en el metro te encontrabas con un nazi… Pero también te pasaba al revés. A lo mejor te encontrabas con cuatro o cinco nazis y te tocaba salir corriendo. Me acuerdo una que tuvimos con el Ynestrillas. Estábamos en un garito que se llamaba la Pepita, donde había raciones y minis de cerveza baratos, y llegaron dos sharperos a los que les habían dado una puñalada. Salimos a la calle a buscar a los agresores y uno de ellos era el Ynestrillas, que sacó una pistola y todo, y tuvimos que salir de ahí por patas (risas)».

Algunas de dichas guerras quedan plasmadas en este libro cuyos macarras interseculares pueden ser considerados como villanos, mártires, héroes o dioses según los ojos del que lo lea. Muchos de ellos no están orgullosos de su pasado, otros sí, algunos no tienen problema en dar su nombre, otros en cambio prefieren mantenerse en el anonimato.

Madrid más que una Zona Bruta

Entre estos macarras del libro (más allá de delincuentes, drogotas, camellos y demás) tengo que destacar (por cuestión de afinidades) los testimonios de personajes del mundo del hiphop. En «Macarras interseculares» por fin se va más allá de Torrejón, Zona Bruta y de Stone’s. Los que nos cuenta gente como Beaka, Spok o Trad (Madrid Pimps) me parecen aportes fundamentales para retratar el movimiento en los noventa y principios de dosmiles.

«El Universal Sur estaba antes del Bubú, el Contrastes… cosas de rap que iban niñatos ahí. El Bubú estaba en Argüelles frente al Corte Inglés, en Princesa. Contrastes creo que estaba en Príncipe de Vergara. El primero al que fui fue el No sé, no sé, que estaba en Ascao. (…) Estaba el Aire, estaba el Ven y Ven. Luego estaba el Ya’sta. Luego estaba el Soul Kitchen. Era más R’nB. Recuerdo el Stone’s, con el Pascal en la puerta, que ha fallecido también. El Stone’s estaba muy bien. Muy de rap…).

«La calle del Siroco [local nocturno], la calle San Dimas, acaba en un callejón. Ahí, dos de mis colegas yonquis, o tres, se me murieron mientras [yo] pintaba [graffiti]. Los que se pinchaban no eran tan colegas, porque eran más mayores, pero estaban ahí… Dos se murieron de una sobredosis, de tener que llamar a una vecina, y decirle, oye, «que se ha muerto este”. Así, literal».

Quiero hacer mención especial a El Coleta, que desde mi humilde opinión ha hecho mucho por volver a poner a los macarras en primera línea. Ha revivido al quinqui madrileño y me encanta que quede inmortalizado este hecho en papel. ¡PROPS!

Iñaki, gracias por no aburrir

No me gustaría desvelar más anécdotas para evitar arruinarle a nadie la sorpresa pero lo que sí diré es que Macarras interseculares no me ha aburrido en ningún momento, he leído con absoluta atención y entusiasmo. Me gusta escuchar a las personas que te cuentan batallitas y si encima están tan bien seleccionadas organizadas y, finalmente, plasmadas en papel, mejor que mejor. Dum Dum Pacheco existió, pero Rocky Balboa no, no sé si me explico.

Además, es de agradecer que siendo el autor (Iñaki Domínguez) filósofo y doctor en «antropología cultural» y habiendo escrito otros libros sobre las tribus urbanas y demás, no se ponga a divagar y desplegar todos sus conocimientos sobre el tema más allá de lo estrictamente necesario. No huele a pedantería, huele a que ha caído alguna que otra gaupasa pero que cuando ha tocado ponerse serios nos hemos puesto serios. Que se ha vivido y se ha estudiado, vamos.

Conclusiones de la reseña

Macarras interseculares de Iñaki Domínguez me parece un ensayo muy recomendable si te atrae la historia más callejera de Madrid de las últimas décadas, si quieres conocer sus personajes ilustres, el ambiente que había, las costumbres que se daban, los sitios que se frecuentaban y demás. Te gustará.

Donde ahora está el Malabar, en el Dos de Mayo, «había una pastelería que se llamaba La Oriental, que era un centro de trapicheo de primer orden. Los yonquis, como todos saben, han sido siempre muy golosos. El chándal de acetato, el medio litro de Yoplait y el dulce… 

También te gustará Macarras interseculares si te mola el cine y el rollo quinqui, si te molan las pelis sobre narcos, polis y yonkis, si perteneces o has pertenecido a alguna de las tribus urbanas antes mencionadas, si viviste «la movida», si ibas al Rock-Ola, si sabes llegar al DosDe, a los Bajos o a Cubos, si has pegado / te han pegado / has perseguido / has huido de los nazis, si has estado en el Soma, el Long Play, el Soul Kitchen, el Nature o el Jahsta, si pintas o has pintado trenes… tienes que conseguir este libro.

Lo de los trenes era una mezcla muy bonita de aventura, de arte, de adrenalina, de diversión, de inteligencia. Exige mucha tenacidad pintar trenes, y mucho estudio. Buscar dónde están las cocheras, los horarios, etc, eso se estudia, se valora. Se va allí y se mira. Las [cocheras] de tren siempre me han gustado, pero las de metro… son muy ratoneras, porque son muy antiguas, porque son verdaderos agujeros. (…) Ahora hay menos información, pero antes tú cogías un plano de metro y te venían los horarios de cada línea», «De entre los treneros, el Wayne y el Buda, y esa gente [TVE], también han marcado una época. Son muy conocidos por Europa»


Extras: el mapa de Macarras interseculares

Mapa de "macarras interseculares"

Por último quiero destacar el mapa que aparece al principio y final del libro, en este mapa se localizan groso modo a los macarras y las bandas interseculares que aparecen en el ensayo (junto con una anotación de la década a la que pertenecen) de Iñaki Domínugez.

Extras 2: la auténtica movida y Chamberí X Files

«Primero empezamos con el rollo de la farmacia militar. En el barrio había una farmacia militar que la llevaban reclutas, quintos; llamados a filas, de reemplazo, que estaban haciendo la mili. Cada dos por tres, los cambiaban y metían a otros nuevos. Íbamos a por las dexedrinas, a por las centraminas… Los tíos que te atendían dormían dentro de la farmacia. Entonces, teníamos anfetaminas por la patilla o a muy buen precio. Imagínate con eso en el Rock-Ola. Íbamos al Rock-Ola a ponernos y a venderlas. La anfeta lo que tiene es que hablas… bla, bla, bla… Y hablas, y hablas, y hablas, hasta que te vuelves loco, y a todos los demás. Pero bueno, como íbamos todos de lo mismo… En esa época no se decía lo de «comer techo». Se decía «vaya movida que tuvimos anoche» «vaya movida, que llevo tres días». ¿La Movida madrileña qué era? Pues el pedazo de pedo que teníamos todos».

«Bares de coqueros en el barrio [Chamberí] ha habido mogollón. Recuerdo uno muy famoso que además era de un madero y su socio. El bar se llamaba Roca Roca a Tutti [nombre falso]. Era un bar que estaba abierto todos los días. A finales de los noventa. Tú ibas ahí y decías: «Quiero un whiskey con coca-cola” y dejabas 35 euros encima de la mesa y [el camarero] te ponía la copa con una papela de medio pollo [risas]. Era un madero que regentaba el local, por eso no les pillaban. Si alguien iba a investigarles se enteraban por sus contactos».

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