Berg / Ann Quin

Portada de «Berg», de Ann Quin. Eds. Underwood y Malas Tierras Editorial, 2ª ed. nov. 2020. Trad. Axel Alonso Valle y Ce Santiago.
Portada de «Berg», de Ann Quin. Eds. Underwood y Malas Tierras Editorial, 2ª ed. nov. 2020. Trad. Axel Alonso Valle y Ce Santiago.

Hoy traigo la reseña de una novelaza que llevaba algún tiempo en la pila (física) de pendientes y que me he ventilado recientemente, me refiero a Berg, ópera prima de la escritora inglesa Ann Quin. Este libro, coeditado por Underwood y Malas Tierras Editorial, lo había visto recomendado por bastantes personas con un perfil lector similar al mío, así que no debía fallar (y no lo ha hecho).

En la historia que nos ocupa, la autora nos presenta a Alistair Berg (antes conocido como Greb) quien decide localizar y asesinar a su padre, que los abandonó a su madre y a él siendo este un niño. Se fue al pub y nunca volvió [si la autora fuese de aquí, se habría ido a por tabaco]. Desde pequeño, Ali ha convivido con su sobreprotectora y desequilibrada madre, que vaga de forma fantasmagórica entre la nostalgia y la desdicha, por culpa de ese cabrón al que parece que todavía añora y excusa. Greb, digo Berg [no queremos que lo descubran], se muda al apartamento contiguo al de Nathy («Papá»), que vive con Judith, su novia (la novia de «Papá»). Así arranca el embrollo de la enfurecida y poética Berg.

«Cocinó las judías y el beicon, hasta que el vapor se enroscó en la ventana y el espejo, mientras el vaho se espesaba en las paredes. Se sentó en el borde de la cama y puso el plato en equilibrio sobre sus rodillas, cavilando entre bocado y bocado. Por supuesto resulta ridículo pensar que todo el asunto sea un simple medio para la venganza o incluso el resentimiento: difícilmente se puede decir que sea personal, y menos ahora, de hecho nunca me he sentido tan objetivo».

Antes de nada, ¿quién es Ann Quin?

Ann Quin fue una novelista británica, nacida en Brighton, en 1931. De origen humilde y educación católica (sin mucha pinta de que la religión calase en ella), a los diecisiete años se preparó en mecanografía y taquigrafía y empezó a currar.

Cuando estaba trabajando para una editorial (en tema de manuscritos y derechos extranjeros) es cuando se mudó al Soho y comenzó a escribir. Publicó Berg en 1964; a esta le siguieron Three (1966), Passages (1969) y Tripticks (1972), ilustrados por su amante, Carol Annand. Sin embargo, en 1973 decidió adentrarse en el mar de Brighton para no volver.

Un testigo vio a una mujer adentrarse en el mar, avisó a la poli, y al día siguiente se encontró su cuerpo (pusieron la foto en el periódico local por si alguien la reconocía: así fue). El forense no pudo confirmar que se tratase de un suicidio (sí un ahogamiento), pero si se tiene en cuenta el historial de Quin, que padecía transtornos psicológicos, hay indicios para pensarlo. En 1964, la autora concedió una entrevista a la dramaturga y paisana suya, Nel Dunn, para su libro Talking to Women. En la charla que mantuvieron, Ann admitió que a veces tenía instintos autodestructivos, pero que «ver la sonrisa de un niño podría salvarla». Lástima que no hubiera ninguno cerca ese 27 de agosto de 1973.

Fuentes: Wikipedia y este artículo de Dennis Cooper (que no tiene desperdicio)-

Berg: clásico experimental

Al meterle mano a Berg, lo primero que te encuentras es una nota del traductor (Ce Santiago) en la que informa al lector sobre las particularidades que tiene este libro en cuanto al estilo de la autora. Su forma de escribir es peculiar, incluyendo la putuación; y se indica que se ha intentado mantener toda la fidelidad posible repecto al original. La presente advertencia te prepara para el aluvión narrativo que te espera: es la parte experimental.

A su vez, la novela tiene mucho de «clásico», del clásico que trasciende. Por un lado, de forma global, la estructura es la habitual (presentación, nudo y desenlace). Por otro, encontramos a un protagonista (algo antihéroe) y su enemigo (que no sabe que lo es), al cual debe enfrentarse para poder resolver su conflicto. Hasta aquí, lo normal.

Pero he dicho que tiene mucho de «clásico que trasciende», y ahí sitúo al narrador, que es el propio protagonista. Un personaje atormentado, que intercala sus pensamientos, observaciones y acciones, con recuerdos del pasado o notas de su madre. Cuando se dice que Berg tiene tintes de Dostoyevski, diría que se refieren a estos: personajes introspectivos y traumatizados de una o más maneras, que —en muchos casos— no necesitan a nadie más que a ellos mismos para debatir o encolerizarse.

La locura bien ordenada

Me ha flipado, hay muchos aspectos que se pueden destacar de la obra. No obstante, hay que aclarar que se trata de una novela densa en muchos de sus pasajes, y cierto tipo de lector puede no estar acostumbrado o, simplemente, prefiere no complicarse por el motivo que sea. [No saben lo que se pierden].

El estilo de la autora es rabioso, como la mente de Berg, que parece que se manifiesta a borbotones. Su tormento y violencia contenida contrastan con las notas y cartas de su «devota» madre; sus propios pensamientos se oponen muchas veces a sus actos. Llega a ojos del lector como un huracán lírico en el que todo se entremezcla.

«Despacio por el parque; yo un fantasma que camina al aire libre, la sonrisa del gato de Cheshire que crece y crece y manos gigantes que aplastarán todo lo que se niegue a acatar las normas y reglas que yo asigne. Oyó el traqueteo de la puertecilla de la jaula y reparó en que la gente se giraba mientras él proseguía su camino, silbando alegremente».

La trama también resulta sorprendemente divertida (sí, divertida) en algunos momentos, y además sorprende en otros. Digamos que nuestro Maquiavelo (alias Berg) no tiene demasiado bien urdido el plan y no está nada claro que vaya a conseguir su objetivo, ¿o acaso sí? El final de la historia tampoco tiene desperdicio. Para conocerlo, ya sabéis lo que toca


Algunos fragmentos de Berg, de Ann Quin

«Si al menos pudiera uno tenerlo todo, como Fausto, durante un breve instante de fe absoluta, y dejar que todo lo que sucediera después se ocupase de sí mismo. Una travesía que presumiblemente conduciría a uno más allá de los márgenes de una sociedad opulenta, la quimera de una época desencantada. Se palpó las arrugas de reptil en el pescuezo, el sudor que corría por los rasgones del cuello de su camisa, pero casi lo agradeció, ya que una vez más se encontró flotando en una enorme nube hacia el arcoíris que se había prometido a sí mismo».

«Arrastrado por una única ola; la lluvia caía como langostas mientras alcanzaba a cuatro patas el litoral y el refugio de los acantilados. Maldiciendo su ropa calada y que ni siquiera pudiera fumarse un cigarrillo decente, y demasiado cansado para tratar de volver a pie, se apoyó contra el acantilado y observó cómo los rayos cruzaban velozmente el mar, todo el litoral, y durante un momento iluminaban el muelle y el paseo. De modo que sigue ahí, ese mundo, una ciudad a la que vine a…»

«Entró en un pub en el que una ordinaria señora Deprisa* servía tras la barra. Una conversación en la que las preguntas fueron tan cortas e incisivas como la lengua de la mujer, una libélula que se deslizaba bajo un solo colmillo, y manos como masa de pan que atendían con destreza las necesidades de uno. ¿Eres nuevo por aquí? Ya me parecía, viajante ¿eh? Sí todos tenéis la misma pinta, pues como de no encajar en ningún sitio, desarraigados supongo que podríamos llamarlo. Notó que muchos ojos se giraban hacia él. Berg apuró su copa y salió de allí. […]
*Tabernera que aparece en varias obras de Shakespeare, caracterizada por su relación con el mundo del crimen pero preocupada por su reputación como mujer respetable. Sus afirmaciones suelen estar llenas de dobles sentidos. (N. de los T.)».

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