Tiempo de silencio / Luis Martín-Santos

Portada de Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. Ed. El País, 2003 [DL]. Colección Clásicos del Siglo XX, v.34.
Portada de Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. Ed. El País, 2003 [DL]. Colección Clásicos del Siglo XX, v.34.

Vuelvo con la reseña de Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos. Llegué a ella por una recomendación instagramera. Desconocía por completo su existencia y me avergüenzo de ello: está claro que es una de las grandes obras de nuestra literatura.

Hay quien la tuvo como lectura obligatoria en BUP, pero no fue mi caso. Primero, porque iba «por ciencias»; segundo, porque no estoy segura de que a finales de los 90 se siguiera incluyendo en el temario. De lo que estoy casi segura es que hoy en día no la meterían, ni de blas. Es una obra compleja y exigente con quien la lee, puede que demasiado para este nuevo milenio. Lo mismo estoy equivocada, no me dedico a la educación ni nada de eso, xo skes en plan rollo tó puto xungo. No sé si me explico.

Retrata la sociedad de la posguerra a través de una historia muy cruda, y presenta una tipología de situaciones y personajes tan amplia como es de esperar en una gran urbe, en este caso Madrid.

«La mañana era hermosa, en todo idéntica a tantas mañanas madrileñas en las que la cínica candidez del cielo pretende hacer ignorar las lacras estruendosas de la tierra»

Aunque lo que más cala en esta novela es la miseria, la cochambre, la malicia, la mezquindad y la injusticia (rebaña las entrañas, si la has leído, sabes a qué me refiero). Creo que para cualquier amante de la literatura esta obra es un manjar. Es un puto coulant de chocolate negro (que puede ser amargo, pero está que flipas).

Sobre Luis Martín-Santos

Luis Martín-Santos (1924-1964) fue médico (cirujano, psiquiatra e investigador), ensayista y escritor. A pesar de lo convulsa que fue la época en la que creció, tuvo la fortuna de poder estudiar (gracias a su familia «bien» situada) y terminó sacándose Medicina en Salamanca.

Fue un niño, joven y adulto estudioso que dio conferencias y publicó artículos, ensayos y libros relacionados con la psiquiatría (destaca su interés por el alcoholismo y la esquizofrenia). También fue activista político y afiliado al Partido Socialista en pleno régimen, lo que le hizo catar una celda y, como consecuencia, que se le cerrasen algunas puertas. A pesar de ello, llegó a tener puestos de gran responsabilidad como psiquiatra.

Aún así, todo esto debía parecerle insuficiente y también cultivaba su espíritu por medio de la literatura. Mientras vivió en Madrid se hizo asiduo a las tertulias y terminó siendo colega de algunos ilustres como Ignacio Aldecoa o Juan Benet, lo que le aportó acceso a autores hasta entonces desconocidos para él (Faulkner, Proust, Joyce…). Finalmente, se decidió a escribir la que fue su única novela publicada en vida: Tiempo de silencio. Apareció en 1962 y muchos la comparan con el Ulises de Joyce. Me flipa que fuera un hombre «de ciencias» quien revolucionase la literatura española.

Por desgracia, falleció en 1964, tras sufrir un accidente de tráfico. El legado literario que podría habernos dejado se truncó, en un principio. «En un principio» porque, de forma póstuma, se han rescatado más textos suyos. Destaca la novela inconclusa Tiempo de destrucción, publicada originalmente en 1975 y reeditada hace poco con una «estructura inédita» (según el editor de Galaxia Gutenberg). Supongo que antes o después caerá, pero por el momento vamos a centrarnos en Tiempo de silencio.

La historia y los personajes de Tiempo de silencio

Tiempo de silencio plantea diferentes historias de forma paralela que finalmente se cruzan y construyen una tragedia global en torno a Pedro. Este es un joven científico de provincias, becado en Madrid, que investiga el carácter hereditario de un tipo de cáncer (el inguinal) en ratones. La trama comienza cuando se quedan sin ratones y su ayudante Amador le ofrece una posible solución. En casa del Muecas, que vive en una zona chabolista, puede conseguir más roedores con los que continuar su estudio. En esta visita (que no será la única), Pedro toma contacto con la cara más miserable de la ciudad. Acudirá poco después como «médico» para ayudar a Flora, la hija del (hijoputa del) Muecas. Aquí comienza el movidón.

Los otros personajes e historias que rodean a Pedro permiten a Luis Martín-Santos abordar (y criticar de forma esquiva la censura de la época) multitud de temas ofreciendo varios puntos de vista.

Destacaría las tres mujeres que regentan la pensión en la que se hospeda: la abuela —alcahueta y viuda de un militar—, la hija —que se enrolló con un bailarín que la abandonó tras dejarle «la semillita»— y la nieta, Dorita, —que es quien la abuela pretende que pesque a Pedro—. Y por supuesto, está su amigo Matías, de familia acaudalada, con el que se va de party por los cafés literarios, tabernas e incluso prostíbulos a pillarse el ciego.

El resto de personajes (el lumpen del barrio del Muecas, los bohemios de la noche, los pijos adinerados o la madera que investiga la intervención de Pedro en casa del Muecas), las acciones que se desarrollan y el entorno (Madrid, su vida nocturna y sus diferentes calles y barrios) terminan de enmarcar este drama.

Bienvenida Mrs. Modernidad: estilo y temas

En la actualidad, la forma de narrar de Martín-Santos puede no resultar novedosa para quien se enfrente a Tiempo de silencio. Las novelas puzle, los cambios de perspectiva, el monólogo interior, los flashback (o analepsis), llevar la subordinación hasta el extremo… nada de esto sorprende en este siglo XXI; pero en el momento de su publicación sí que lo hizo. No obstante, manejar y engarzar todos estos recursos (acompañándolos además de un léxico tan rico) y, además, ser capaz de englobar y criticar tantos temas relevantes para la sociedad —de forma conjunta— y para el ser humano —de forma individual— sigue siendo una excepción.

Como comentaba al principio, no se trata de una novela a la que se pueda enfrentar cualquier lector a la ligera. Su estructura, el vocabulario empleado, el cambio e intercalado de voces y las frases extensas la alejan de pertenecer a ese grupo de libros que «se leen solos». Martin Amis en su último libro (Desde dentro, del que ya os hablaré) dice, en cuanto a la relación de los lectores actuales y los «libros difíciles», que «los lectores ya no les son afectos —su paciencia, su buena voluntad, su entusiasmo autodidacta se han esfumado—». Todas estas cualidades son necesarias para enfrentarse a Tiempo de silencio, si crees que las tienes: esta novela es para ti.

Es una novela complicada, pero muy enriquecedora. Te enfrentarás a un examen duro, indirecto e irónico, de la situación social de los años cuarenta y un retrato de la perversidad del ser humano. El texto está lleno de contrastes: lo mismo tienes que acudir al diccionario, que desempolvar tu caló. La posición social y experiencias de los distintos personajes hacen que se expresen y piensen de forma diferente. Martín-Santos es capaz de entrar en su mente.

Luis Martín-Santos: un clasicazo

Habréis notado que no he querido entrar en detalles sobre qué es lo que ocurre a lo largo de la novela. Es mucho mejor que lo descubra cada cual porque está guapísima de principio a fin. Cómo se desarrolla la acción y, sobre todo, cómo lo va asimilando y afrontando Pedro me ha flipado. Por no hablar del dibujo de Madrid de aquella época que, por muy chungo que estuviese el asunto, me toca la patata.

«Un hombre es la imagen de una ciudad y una ciudad las vísceras puestas al revés de un hombre»

A lo largo de la lectura pasas por distintos estados: admiración por la narración, psicología y descripciones; divertimento y repulsión por las situaciones que lees; empatía y comprensión respecto a los personajes; desconcierto en momentos puntuales cuando tienen lugar los cambios de voz inesperados y rápidos; y muchos otros que podría seguir citando.

Supongo que todas estas características de forma y fondo son las que consiguen que una novela perviva y termine transformándose en un clásico. Y como ocurre con la mayoría de las obras que alcanzan ese estatus de forma unánime, no se puede hacer otra cosa que recomendarla.

«Por aquí abajo nos arrastramos y nos vamos yendo hacia el sitio donde tenemos que ponernos silenciosamente a esperar silenciosamente que los años vayan pasando y que silenciosamente nos vayamos hacia donde se van todas las florecillas del mundo».


Algunos fragmentos de Tiempo de silencio

Sobre la ciudad

«Hay ciudades tan descabaladas, tan faltas de sustancia histórica, tan traídas y llevadas por gobernantes arbitrarios, tan caprichosamente edificadas en desiertos, tan parcamente pobladas por una continuidad aprehensible de familias, tan lejanas de un mar o de un río, tan ostentosas en el reparto de su menguada pobreza, tan…»

«Un hombre es la imagen de una ciudad y una ciudad las vísceras puestas al revés de un hombre, que un hombre encuentra en su ciudad no sólo su determinación como persona y su razón de ser, sino también los impedimentos múltiples y los obstáculos invencibles que le impiden llegar a ser, que un hombre y una ciudad tienen relaciones que no se explican por las personas a las que el hombre ama, ni por las personas a las que el hombre hace sufrir, ni por las personas a las que el hombre explota ajetreadas a su alrededor introduciéndole pedazos de alimentos en la boca, extendiéndole pedazos de tela sobre el cuerpo, depositándole artefactos de cuero en torno de sus pies, deslizándole caricias profesionales por la piel, mezclando ante su vista refinadas bebidas tras la barra luciente de un mostrador».

La sociedad de la posguerra y el silencio

«¿Quién podrá nunca aspirar otra vez al galardón nórdico, a la sonrisa del rey alto, a la dignificación, al buen pasar del sabio que en la península seca  espera que fructifiquen los cerebros y los ríos? […] ¿Cómo podremos nunca, si además de ser más torpes, con el ángulo facial estrecho del hombre peninsular, con el peso cerebral disminuido por la dieta monótona por las muelas, fabes, agarbanzadas leguminosas y carencia de prótidos? Sólo tocino, sólo tocino y gachas».

El lumpen, la noche

«Subí a la chabola y bajé con la navaja. Y miro antes de entrar y ella ya se había retirado de él. No se dejaba tocar más que delante mío, la tonta. Ya nadie se atrevía a darle cara. No tenían navaja o no sabían usarla. El corte a mí me da más fuerza que al hombre más fuerte. Y él delante mío: ‘Esta já está chocha por mi menda’. Me hastían esos que hablan caliente como si por hablar ya no se les pudiera pinchar. A mí. Y viendo que yo aguantaba y me achaparraba ‘Llévale priva al Cartucho’. Y yo no aguanto que me digan Cartucho más que cuando yo quiero. Pero chitón, chitón. Yo achaparrao y ella mirándome como si para decir que era marica. Y él ‘Bueno, si no quiere priva, pañí de muelle’. Y viene con el vaso de sifón y me lo pone en las napias y yo lo bebo. Mirándole a la jeta. Y él riéndose ‘Que me hinca los acáis’. Y se va chamullando entre dientes. ‘No hay pelés’. ‘No hay pelés’».

«Pero a diferencia de aquella morfina solar que dulcemente atonta y va incorporando el hombre a la materialidad inerte, la nocturna droga del café literario más bien produce ebullición y estímulo en la maquinaria oculta cuyas ideas un día inquietarán las mentes de los mejores en aulas, colegios, seminarios». 

«En qué río poder caer aquí si desde el viaducto cae el suicida sobre tejas romanas. El suicida del viaducto, juntito a donde debiera estar la catedral y sólo luce el esplendor de la Casa. Viaducto para borrachos cogidos en una trampa. Yo también, puesto en celo, calentado pródigamente como las ratonas del Muecas, acariciado de putas, mimado de viejas, robado de animales de experiencia, pensando en cánceres experimentales pero amigo de literatos, viviendo en pensión modesta pero bebiendo las noches de los sábados»

El monólogo interior

«No pensar. No hay por qué pensar en lo que ya está hecho. Es inútil intentar recorrer otra vez los errores que uno ha cometido. Todos los hombres cometen errores. Todos los hombres se equivocan. Todos los hombres buscan su perdición por un camino complicado o sencillo. Dibujar la sirena con la mancha de la pared. La pared parece una sirena […]
¿Por qué tuviste que beber tanto aquella noche? ¿Por qué tuviste que hacerlo borracho, completamente borracho? Está prohibido conducir borracho y tú… tú… No pienses. Estás aquí bien. Todo da igual; aquí estás tranquilo, tranquilo, tranquilizándote poco a poco. Es una aventura. Tu experiencia se amplía. Ahora sabes más que antes. Sabrás mucho más de todo que antes, sabrás lo que han sentido otros, lo que es estar ahí abajo donde tú sabías que había otros y nunca te lo podías imaginar. Tú enriqueces tu experiencia. Llegas a conocer mejor lo que eres, de lo que eres capaz. Si realmente eres un miedoso, si te aterrorizas. Si te pueden. Lo que es el miedo. Lo que el hombre sigue siendo desde detrás del miedo, desde debajo del miedo, al otro lado de la frontera del miedo. Que eres capaz de vivir tranquilo todavía, de estar aquí serenamente. Si estás aquí serenamente no es un fracaso. Triunfas del miedo. El hombre imperturbable, el que sigue siendo imperturbable, entero, puede decir que triunfa, aunque todos, to dos todos crean que está cagado de miedo, que es una piltrafa, un gusarapo. Si guarda su fondo de libertad que le permite elegir lo que le pasa, elegir lo que le está aplastando».

«No, no, no, no es así. La vida no es así, en la vida no ocurre así. El que la hace no la paga. El que a hierro muere no a hierro mata. El que da primero no da dos veces. Ojo por ojo. Ojo de vidrio para rojo cuévano hueco. Diente por diente. Prótesis de oro y celuloide para el mellado abyecto. La furia de los dioses vengadores. Los envenenados dardos de su ira. No siete sino setenta veces siete. El pecado de la Cava hubo también de ser pagado. Echó el río Tajo el pecho afuera hablando al rey palabras de mane-tecel-fares. Cuidadosamente estudió el llamado Goethe las motivaciones del sacrificio de Ifigenia y habiéndolas perfectamente comprendido, diose con afán a ponerlas en tragedia. El que la hace la paga. No siempre el que la hace: el que cree que la hizo o aquel de quien fue creído que la había hecho o aquel que consiguió convencer a quienes le rodeaban al envolverse en el negro manto del traidor, pálida faz, amarilla mirada, sonrisa torva».

4 comentarios en «Tiempo de silencio / Luis Martín-Santos»

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