Desnudo en Garden Hills / Harry Crews

Portada de «Desnudo en Garden Hills», de Harry Crews. Ed. Dirty Works, 1ª ed. feb. 2020. Colección DW, v.22
Portada de «Desnudo en Garden Hills», de Harry Crews. Ed. Dirty Works, 1ª ed. feb. 2020. Colección DW, v.22

Hoy vuelvo a Harry Crews, esta vez con «Desnudo en Garden Hills». Es ya el tercer libro suyo que leo y reseño (los otros dos fueron La maldición gitana y Coche) y me ha flipado también, me alegra poder decir que de momento no he pinchado con Crews (ni creo que lo haga). Todavía me falta otro par por leer (El amante de las cicatrices y Festín de Serpientes), que caerán antes o después. No hace falta aclarar que tooodas estas publicaciones han sido editadas por los jefazos de Dirty Works y traducidas por Javier Lucini, ¿no? ¡Props para esa pipol!

Estás tó loco, Harry

Si todavía queda alguien que a estas alturas no sepa quién fue el sureño Harry Crews y le pica la curiosidad, puede echar un ojo al apartado «¿Quién es Harry Crews?» que le dediqué en la entrada de La maldición Gitana.

Si algo me ha quedado claro con este tercer acercamiento, es que es un autor que teje historias y crea personajes siempre peculiares, que tiene un humor bastante retorcido (de los que asoma el colmillo cuando sonríe) y que sabe cómo dosificar la información para que no pares de flipar a lo largo de todo el libro.

Garden Hills y Fat Man

Desnudo en Garden Hills nos lleva a una explotación minera, aislada del resto de poblaciones y abandonada desde hace años. Cuando el negocio de la mina estaba en auge, fueron muchas las familias que se afincaron ahí, sin embargo la mayoría abandonó Garden Hillls tras el declive. Ahora apenas quedan unas cuantas y ni siquiera están seguras de por qué no se han marchado.

En lo alto de la colina reside Fat Man, un notas tan gordo que prácticamente necesita una grúa para moverse y cuyos dedos de los pies «suaves y rosados eran tan tiernos como los pezones de una virgen». Si no hubiera visto la portada creo que me habría imaginado a un personaje muy cutre, menos mal que está la ilustración de El ciento, que LO BORDA.

«Coleccionaba libros con la misma insaciabilidad con que comía, desde la perspectiva imposible y la búsqueda anhelante de la finitud. Se suscribió a revistas literarias, no con el propósito de zambullirse en su lectura, sino simplemente para acumular títulos. Se pasó horas hojeando catálogos de distintos proveedores. Un día encontró un proveedor de libros de segunda mano que no los vendía por títulos sino al peso. Le mandó una carta con una sola frase: Por favor, envíeme doscientos treinta kilos a la dirección mencionada más arriba».

Otros residentes de la colina

Fat Man vive rodeado de libros y cuenta con la ayuda de su amigo (lacayo, prácticamente) «Jester», un jinete de carreras lesionado que apenas levanta metro y medio del suelo. Imaginaoslo al lado de Fat Man o intentando moverlo: pues es capaz, el chaval tiene mucha maña y, además, ¿qué no haría por su amigo? Jester también tiene una novia, Lucy, a la que conoció en un crico de freaks (al más puro estilo Carnivàle).

«Ella le sirvió más café y se quedaron un buen rato sentados mientras él le hablaba de todos los caballos que jamás montó y de todas las pistas de carreras que jamás pisó. Y ella fingió ignorar que estaba mintiendo. Más tarde él le contó lo del accidente, lo de las heridas internas, lo de los órganos lastimados y desplazados. Y que esa era la razón por la que hoy montaba un caballito balancín en un circo, entrando y saliendo de un tanque de agua. Ella fingió ignorar que él era perfecto».

Y por último, la otra gran protagonista de la novela es Dolly, una chavala del pueblo que acaba de volver de Nueva York con grandes ideas para Garden Hills. «Ideas de casquero», que diría mi madre. Un personaje fascinante y clave.

«La gente era como la gente de todas partes, solo que hemos muchísima más».

«No estamos locos, que sabemos lo que queremos…»

La originalidad de los personajes es una de las cosas que más ha llamado la atención de las tres novelas que he leído hasta ahora. Cada uno tiene sus propias rarezas y su historia rocambolesca, y Crews sabe ir soltándola poco a poco. Es un artista del menudeo. La forma en que acerca a los personajes, de lo más general a lo más particular, juega con el lector y le enfrenta a sus prejuicios. Con los pocos datos que va dando tratas de imaginar qué más esconde cada personaje, pero difícilmente aciertas (al menos yo no lo consigo nunca).

Lo que más me flipa es cómo se va guardando sorpresas hasta el final y consigue que, según avanzas en la lectura, te vayas quedando más boquiabierta. Pasas de la sonrisilla al levantamiento de cejas, luego ya se te abre la boca y al final terminas con la cara desencajada. Desnudo (tendréis que leerla si queréis saber quién es el que va desnudo por la colina) en Garden Hills es una locura que va aumentando hasta alcanzar un final apoteósico.

Si tengo que poner por orden cuál me ha gustado más y cuál menos (y aún así, gustado) diría que: el que más La maldición gitana; luego este (Desnudo en Garden Hills): y por último Coche (un pelín pasado de frenada). Me lo he pasado pipa leyéndolo, casi tanto como con La maldición gitana, pero en ese caso contaba, además, con el factor sorpresa absluto y eso es casi imposible de igualar. Volveré a Crews sin que me quepa ninguna duda.

«Se levantó de un brinco, completamente despierta y vestida, dejó atrás Garden Hills y llegó a la refinería casi al mismo tiempo que la camioneta.
—Por ahí viene ya —le dijo uno de los pintores al conductor de la camioneta—. Y, colega, te aconsejo que hagas lo que te diga.
—¿Muerde? —preguntó el conductor de la camioneta, sonriendo.

—Mata —dijo el otro pintor, sin sonreír».

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