La dulce envenenadora / Arto Paasilinna

Este libro ha sido un préstamo, que prometo devolver, de mi vecina de puerta-con-puerta. Esa vecina es la ostia y, habiendo sido bibliotecaria actualmente jubilada, no podía fallar. Estaba claro. Libreros y bibliotecarios segurián siendo los mejores recomendadores de libros para mí. Sobretodo cuando te han calao.

Me dejó la novela hace un par de años, seguramente ella ni lo recuerde, pero hasta hace un mes no lo devoré. De dos o tres sentadas.

No conocía nada del autor, que al parecer es bastante prolífico y conocido -sobretodo en su tierra- aunque, realmente no me sorprende, no le he dado casi a la literatura nórdica (el autor es finlandés en este caso). Seguramente indague y algún otro libro suyo caiga, por lo que he leído en las redes, el estilo que se respira en este libro (comedia en la desgracia y, ternura, a partes iguales) es parte de la firma del autor. Al lío.

En esta novela, la protagonista es Linnea, una ancianita viuda de un coronel que vive su recta final (por los años que lleva a la espalda pero no porque padezca ninguna enfermedad) en una casita de campo apartada, lejos de Helsinki. Una vida tranquila, rodeada de naturaleza, con sus animalitos y sus vecinos afables.

Sin embargo, hay algo que perturba su mundo pacífico y contemplativo: su sobrino Kauko (por algún motivo en la contraportada pone «Nieto» ??) y sus colegas, que aparecen de vez en cuando para aprovecharse de ella. Poderoso caballero es Don Dinero.

«Que el señor me proteja de los días de cobro»

Eso exclama Linnea cada mes. El día que cobra, aparecen por su casa Kauko junto con dos colegas suyos para obligarle a que les de dinero y, de paso, les prepare una sauna, comida, etc. Estos tres cafres son unos seres despreciables que destrozan (y matan) cualquier cosa que les salga al paso: maltratan/matan animales, roban, se emborrachan, se ponen hasta las cejas, montan unos escándalos de cojones y así todo.

Mejor no perder el tiempo. Se habían cargado al pastor alemán que el dueño de la gasolinera había dejado de guardia en el lugar. Pera le había espachurrado la cabeza con un gato y Jari le había cortado de un tajo la cola con su navaja. Tras recorrer unos cinco kilómetros, pararon en una cantera de arena a echarse unos tragos de cerveza fría y comerse los bocadillos. En algún lugar cantaba un chotacabras, la atmósfera parecía mágica. Al pie de la cantera, Pera se encontró un rollo de alambre oxidado y con él ató la cola del perro a la antena del coche. Era una visión magnífica, la del rabo del animal. Se agitaba al viento cual peludo estandarte de la fuerza y la libertad.

La pobre yaya, cede, y cede, y cede… hasta que ya no aguanta más. Así, decide escapar, pide ayuda a un viejo amigo suyo (médico jubilado) y se muda con él a Helsinki. En su escapada decide alertar a la policía de que hay tres delincuentes rondando su casa.

Esto, obviamente, enfada mucho a estos tres gañanes (que aún siendo tres, me recuerdan a Perry y a Dick de A sangre fría) que deciden localizarla para darle su merecido.

Mientras tanto, Linnea, con ayuda de su amigo doctor decide vender la casa (será él quien se encargue de las gestiones y de visitar su casita) y darles un escarmiento a los tres notas. Su sobrino -al que trató y crió prácticamente como un hijo- ya ha dejado de darle ningún tipo de pena.

Y así, comienza la parte más trepidante de la historia: la guerra de la abuela contra ellos tres. No quiero destrozaros el libro, porque esta es la parte en la que ya no puedes dejar de leer, ansiosa de saber qué va a ocurrir con Linnea y los tres cerditos.

Así que, lecutura recomendada y regalo recomendado para vuestros allegados lectores. A continuación os dejo con el texto de la contraportada:

En el jardín de una casita roja, en la quieta campiña de los alrededores de Helsinki, una viejecita grácil está regando su arriate de violetas. Las golondrinas vuelan gorjeando, los moscardones zumban, un gato dormita en el prado. Pero el idilio sólo es aparente: la vida tranquila de Linnea Ravaska, octogenaria viuda de un coronel, es emponzoñada por una banda de malhechores que llegan regularmente cada mes de la capital para arrebatarle su escasa pensión. El desnaturalizado nieto Kauko y sus dignos acólitos, Jari y Pera, no se contentan con despojarla sino que destrozan todo lo que encuentran a su paso, torturan al gato, golpean por puro placer, roban, ensucian, destruyen, sin que Linnea ose rebelarse, hasta el fatídico día en que decide no soportarlo más. Kauko la obliga a firmar un testamento en su favor, y la coronela, aterrorizada por haber sellado su condena, llama a la policía y huye a Helsinki, a casa de un viejo amigo médico de familia.

La guerra y la venganza del trío infernal podrían convertirse en una pesadilla digna de La naranja mecánica, la novela de Burgess que Kubrick llevó al cine, si Paasilinna, verdadero virtuoso de la comicidad, no prefiriese la vía de la farsa, divertimento y la paradoja para expresar sus críticas a una sociedad cuyos males, hipocresías y problemas observa con toda lucidez.

Vejez olvidada, juventud marginada, choque generacional, desmoronamiento de las instituciones, droga, alcoholismo, sida: todo se divisa en filigrana en lasrocambolescas peripecias de la simpática viejecita, que pasea armada con una Parabellum y una jeringuilla de venenos letales, siempre preparada para elegirla vía del suicidio para huir de las garras de sus esbirros. En la confrontación, sus verdaderas armas acabarán siendo el candor, una ingenua crueldad y su incansable defensa de la propia dignidad; la brutalidad de La naranja mecánicase convertirá en un alegre Arsénico por compasión con unos pellizcos de Kaurismäki: con sus mágicas dosis de humorismo y de invectiva genial, las pociones de Paasilinna son tan irresistibles como felizmente intoxicantes.

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