Prohibido fijar cárteles / Paco Gómez Escribano

Como se aprecia en la imagen, es el cuarto libro de este autor que leo. ¿Lo malo? que los he leído durante los años en que no he estado haciendo reseñas, así que no es posible encontrar reseñas de los otros tres libros en este blog. Sorry.

Me los he ido adjudicando prácticamente conforme se publicaban: Yonqui (2014), Lumpen (2015) y Manguis (2016). Tiene otras dos novelas, pero de momento no tengo información de primera mano que ofrecer. Leer estas novelas es como ver películas de cine quinqui o como escuchar a El coleta. Así que si te van algunas de estas dos referencias puedes dejar de leer la entrada porque con eso debería bastarte como recomendación para pillarte cualquiera de los que aparecen en la foto. No obstante, si quieres saber de que va este en concreto -o si simplemente tienes curiosidad- puedes seguir leyendo.

En esta ocasión, el prota, el Tijeras, es un actual alcohólico (antes heroinómano -vamos mejorando-) que se dedica a deambular de bar en bar del barrio y, de vez en cuando, a hacer algún trapicheo para sacarse unos dineros (que religiosamente gastará, a ser posible en El candil, el bar del Chino, su parroquia: la de él y la de de sus dos más-mejores-colegas).

Por circunstancias de la vida, él y su colega Lejía (legionario recién vuelto al barrio) se meten en un jaleo bastante tocho con uno de los mayores capos actuales del barrio: el Ruso. Para solucionar el entuerto diseñan un plan junto a Pipo (otro colega, recién salido del trullo) . Ya sabéis los ingredientes que suelen incluir las pelis de cine quinqui, pos eso. No voy a desvelar más de la trama, engancha y quieres saber qué va a pasar a continuación, eso os lo garantizo.

Es rápido de leer y rezuma jerga a borbotones. Pero de la bien traída, no como ocurre -sobretodo- con alguas traducciones que usan términos «jerga» de los sesenta en una novela ambientada en los dos mil, poj como que no. Aquí todo ese rollo se nota que es auténtico, que el momento Hitchock que se marca Paco, está merecido.

Este libro huele a AMOR DE BARRIO.

En el barrio había más fantasmas que en un castillo de esos escoceses. Cada cual tenía los suyos. Y luego estaban los comunes, esos del imaginario colectivo que se te presentaban en una noche de pesadillas y ya la cagabas porque dormir pasaba a ser un deseo de esos que nunca se cumple. El barrio era un gran contenedor de basura. Y la gente era una masa anárquica de microbios, bacterias y detritus que no hacían otra cosa que buscarse la vida, reproducirse y rozarse unos contra otros. Sin embargo, cuando yo salía de allí estaba perdido. Y no hacía falta que me fuera a Bosnia o a cualquier otro lugar de los que había estado el Lejía. Conque cogiera el Metro y me fuera dos estaciones más lejos ya sentía que estaba fuera de mi territorio, fuera de mí mismo. Era imposible que a alguien que viniera de fuera le gustara el puto barrio. ¿Entonces por qué me gustaba a mí?Lo mismo es que llevaban echándome algo en la comida desde pequeño y mi percepción estaba hecha un cristo. ¿O me lo estaban echando en la bebida? ¿En el tabaco? Prefería mil veces estar sentado en un banco del parque o en el palo corto de la ele del Candil que en un chiringuito a pie de playa o esquiando en los Alpes.

Será Canillejas, el barrio del autor y de más de una novela, pero bien podría ser la Prospe, San Blas, Vallecas, Carabanchel o cualquier otro barrio de ciudad grande. En este caso Madrid. Porque eso sí, tronco.

El barrio ha cambiado, unos dicen que para bien, otros que para mal. Pero sigue teniendo sus problemas, sus conflictos, sus movidas, historias que nunca ocurrirán en los barrios céntricos de los ricos, aunque todos tengamos un distrito postal que indica que vivimos en Madrid. Pero lo cierto es que Madrides, o como se diga, hay muchos, tantos como ratas de lomo plateado acechando en la oscuridad de mi antigua calle cuando la basura cubría el suelo, estrato sobre estrato, antes de que pusieran las aceras y tanta podredumbre quedara enterrada bajo el asfalto.

Se me da fatal etiquetar por género, pero a este autor siempre se le suele etiquetar con «novela negra» y coincido, entre otras cosas, porque los ambientes son verdaderamente oscuros. Casi lees el libro en blanco y negro y con muchas sombras, si no fuera por las descripciones que apuntan algunos colores.

No había nadie en las calles. No había nada, salvo edificios demasiado viejos, aceras que no habían sido reparadasen lustros y la luz mortecina de unas farolas que cuando las pusieron hicimos fiesta en el barrio. Eran las mismas. El alma del barrio era negra, más negra que cada una de las historias tristes que habían ocurrido, negra como el color de la miseria, pesada como todas y cada una de las partículas de desesperanza que formaban una masa granulosa invisible pero que se colaba por cada poro de la piel. Caminando por la acera se me vino encima una masa de gente que vestía harapos. Tenían las caras de todos mis colegas muertos pero no eran ellos, ni sus fantasmas. Solo eran una puta visión de los delirios de un alcohólico expolitoxicómano e irredento.

Aunque bien podría ser novela gris como el asfalto o gris como el aire de dentro de cada bareto en el que -aún a día de hoy- se fuma de forma más o menos clandestina. Porque otro de los protagonistas de la novela, sin lugar a dudas, es El Candil: el bar del Chino.

Creo que es fácil percibir a lo largo de los capítulos un tributo a estos bares, a las auténticas parroquias de barrio y, por supuesto, a sus parroquianos. Cuando frecuentas un bar de-los-de-toda-la-vida el tiempo suficiente, es cuando el día menos pensado, te llega una especie de revelación y ya tienes a todo el mundo calao: quiénes le dan al alpiste, quiénes a las máquinas y quiénes a lo que les echen. Estos baretos son microcosmos. Y uno de estos microcosmos (aunque al final sean todos iguales llámese El Candil, llámese El Fochi) es desgranado en el libro de forma genial.

En El Candil nunca pasa nada, aunque decir esto pueda ser una equivocación del carajo. No pasa nada que se salga de lo corriente, pese a que lo corriente en el garito no signifique lo mismo en cualquier otra parte. De hecho, cualquier persona normal fliparía con cualquiera de los días cotidianos en el bar, pero nosotros ya estábamos acostumbrados a nuestros rutinarios días esquizo-paranoicos, y que no nos los quitaran, porque mataríamos por ellos. Son nuestra ancla, lo que nos hace estar todavía agarrados al mundo, aunque estuviéramos más seguros agarrados a la barandilla de uno de los coches de una moderna montaña rusa, pero la verdad, nos importa una mierda.

Para ir cerrando, se trata de otro libro que recomendaría a cualquiera para pasar un buen rato.

Y más específicamente lo recomendaría para aquellos a los que les molen las novelas de barrio, las novelas con mazo jerga, las de delincuentes de aquí, como alguno que conozcas de algún bar (seguramente) o las novelas -simplemente- de gente normal, como tu vecina la de abajo (y viceversa: el delincuente quizás viva debajo y a la notas normal la conoces del bar).

¡No somos na!


Montamos en una Jumpy que estaba aparcada fuera y nos marchamos para el barrio con los Extremoduro a toda hostia.

Joder, no me gustan nada los jaris. Antiguamente, cuando el caballo y eso, sencillamente, mi vida era un jari, una sucesión de movidas chungas que me río yo del estrés de los putos ejecutivos. Pero desde que me desenganché, mi vida era aparentemente tranquila. Un trapi por allí, un chanchullete por allá… Pero por lo demás, yo me dedicaba a ver la vida pasar, con mis birras, mis copas, mis cigarritos y poco más.

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