Meridiano de sangre / Cormac McCarthy

Una del Oeste, un señor Western jodidamente cruel y sin escrúpulos.

No tenía ni idea del autor, ni de la novela. Ni siquiera estoy segura de quién me lo recomendó y cómo terminó en la pila de libros pendientes. Al parecer es considerada como una de las novelas americanas más influyentes del Siglo XX, fue escrita a mediados de los 80.

Conforme iba leyendo me entraban dudas sobre si en algún momento había visto ESO en una peli. ¿No hay peli de esto? ¿Seguro? Pues de momento no, pero intentos ha habido (James Franco al menos lo intentó). Tampoco es que sea una experta en películas del Oeste, pero a estas alturas de la vida podría decir que me molan bastante. Creo que todo a partir de ver Deadwood.

Este libro va sobre un chaval de unos catorce años -la edad sí, pero no se menciona el nombre en ningún momento- que tras dar bastantes trompicones termina formando parte de una comitiva que se dedica a matar indios (apaches a ser posible) y cobrar en función de la cantidad de cabelleras entregadas. Los que les pagaban eran gobernadores, es decir, que lo hacían con permiso burocrático (una buena patente de corso).

De este modo cruzaron los portales del palacio del gobernador, salvando los gastados escalones de piedra que daban al patio en donde los rugosos cascos de los caballos sin herrar se asentaban en los adoquines con un curioso martilleo tortuguil.

Como «líderes» de la manada hay dos auténticos venaos: el Juez y Glanton (John Joel). El primero sería el retorcimiento en persona, la maldad suprema. Y sumamente hábil con todo.

«Dibujaba con gran naturalidad y no se le vio arrugar aquella frente pelada ni fruncir aquellos labios extrañamente infantiles. Las yemas de sus dedos recorrieron el contorno de un mimbre antiguo adherido a un fragmento de arcilla cocida y lo plasmó también en su cuaderno con bonitos sombreados y gran economía de trazos. Es dibujante como es otras muchas cosas, y su destreza queda siempre en evidencia. De vez en cuando dirige la vista al fuego o a sus compañeros de armas o a la noche. Para terminar colocó ante él el escarpe de una armadura fabricada en algún taller de Toledo tres siglos atrás, un pequeño tapadero metálico frágil y comido por el verdín. De esto hizo el juez un croquis de perfil y en perspectiva, rotulando las dimensiones con su pulcra letra, haciendo anotaciones al margen. Glanton le observaba. Cuando hubo terminado cogió el escarpe y lo examinó una vez más atentamente y luego hizo con él una pelota de chapa y lo arrojó al fuego. Reunió los otros artefactos y los lanzó también a las llamas y sacudió el toldo y lo guardó doblado junto con el cuaderno entre sus bártulos. Luego se sentó con las manos ahuecadas en el regazo y aparentemente satisfecho con el mundo, como si se le hubiera consultado a él en el momento de su creación.

El segundo sería una bestia parda con un nivel de maldad algo inferior al del primero. Es de los que te soltaría lo siguiente y se quedaría agustísimo riendo su propia gracia:

Hay cuatro cosas que pueden destruir el mundo, dijo. Las mujeres, el whisky, el dinero y los negros.

En cualquier caso, no querría encontrarme ni con este ni con el otro -ni con el de más allá, de los que salen en esta novela- jamás en mi camino.

La travesía que sigue la comitiva va principalmente por México. A pesar de que su «trabajo» era hacer una limpieza [sic] (masacre más bien) de indios, se les va la fresa completamente, y arrasan con cualquiera que se cruce en su camino: indios, americanos, mexicanos civiles o soldados mexicanos, eeeees igual. Cuando no se les va la fresa y se portan bien durante su parada en el pueblo que toque o con los personajes que se cruzan, te quedas sorprendida. Te dan ganas de decirles: ¡hombre, muy bien, ya era hora joder! Poneos a beber y después os piráis, pero de tranquis.

Apenas habían recorrido al trote media ciudad que ya les seguía una chusma distinta en variedad y sordideza todas cuantas habían encontrado hasta entonces, mendigos y apoderados de mendigos y putas y alcahuetes y buhoneros y niños inmundos y delegaciones enteras de ciegos y lisiados e insolentes, todos ellos gritando por Dios y algunos montados a horcajadas de porteadores apiñándose detrás de los otros y gran número de personas de toda edad y toda condición que simplemente sentían curiosidad. Mujeres de fama local haraganeaban en los balcones con las caras pringadas de índigo y almagre, chillonas como las nalgas de ciertos monos, y miraban protegidas por sus abanicos con una suerte de coquetería espeluznante como travestidos de manicomio. El juez y Glanton encabezaban la pequeña columna hablando entre sí. Los caballos asentaban el paso nerviosos y si los jinetes rozaban con sus espuelas alguna mano furtiva que se agarraba a las cinchas la mano era retirada sin chistar.

El entorno está descrito al detalle, puedes notar el polvo que levantan los casos de los caballos en los pelillos de la nariz. Te dan lástima los animalitos. Puedes oir a las moscas y sentir la misma sed que están sintiendo los personajes en ese momento. Es una delicia estar en medio del escenario sin que te salpique realmente. No obstante, he de confesar que he sentido que en alguna ocasión se recreaba demasiado con las descripciones y podía resultar un poco cansino.

Del mismo modo que me ha teletransportado a los escenarios de Deadwood, también me ha recordado a Carnivàle cuando ha hecho aparición el primer «circo de los horrores» (feria ambulante típica de estas pelis/época) en la novela:

«El bazar estaba en su apogeo. Una feria ambulante, un circo primitivo. Pasaron junto a robustas jaulas de sauce atestadas de víboras, de enormes serpientes de color lima procedentes de alguna latitud más meridional o granulosos lagartos con la boca negra húmeda de veneno. Un raquítico leproso viejo sostenía en alto puñados de tenias sacadas de un tarro y pregonaba sus remedios contra la solitaria y era zarandeado por otros boticarios impertinentes y por buhoneros y mendigos hasta que llegaron todos ante una mesa de caballete sobre la cual había una damajuana de cristal que contenía un mezcal translúcido. En dicho recipiente, con el pelo flotando y los ojos vueltos hacia arriba en una cara pálida, había una cabeza humana.

Pues como este cliché, están todos. Los curas/predicadores, los taberneros, los militares, las putas, los caballos, las mulas, las pistolas, los indios, las flechas, las plumas, los músicos… todo lo que podáis ennumerar de este tipo de escenarios.

Al terminar el libro, has recorrido cientos de kilómetros acompañando al chaval en múltiples aventuras como si fueras un dron. No llegas a saber siquiera qué piensa el chaval de todo lo que le ha ocurrido a lo largo de la novela. En cambio, sí que intuyes lo que piensa el Juez o lo que piensa Glanton (las otras cabezas de cartel). Y esto, debido a la forma en que está narrado. Una tercera persona muy curiosa.

Cuando terminéis el libro podemos analizar cuánta razón tiene o cuánta le falta al dicho: a cada cerdo le llega su San Martín. Esta novela, para mí, va de eso, pero enmarcada en un contexto histórico muy concreto y por tanto, con una ambientación tan característica como ocurre con las pelis/novelas del Oeste.

Un pensamiento en “Meridiano de sangre / Cormac McCarthy

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