Las calles siniestras / Pío Baroja

Hoy vuelve a hacer presencia en el blog uno de mis autores de cabecera: Pío Baroja, gracias a la edición de «Las calles siniestras: antología del eterno paseante», de La Felguera. Se trata de una selección de escritos o ensayos de temática nocturna y golfa, principalmente. De la mano de Pío, que hará de guía turístico, visitaremos los suburbios y conoceremos cómo se las apañaban algunos para sobrevivir en Madrid, París o Londres mientras recorremos dichas ciudades. Los textos de Baroja están precedidos del ensayo «Pío Baroja y el fin del Mundo», firmado por Servando Rocha, en el que se habla sobre la vida del autor y que también me ha encantado (conmovido incluso). Como siempre, es una gozada leer a Baroja, ¡cuánto me alegra haberme hecho con esta recopilación tan bien elegida e hilada!

Lo que Baroja cuenta de aquellos días es el relato de un explorador que se adentra a través de un territorio salvaje e indómito en el corazón de una urbe aún no afectada por ningún plan de modernización y ensanche, soportando la presión demográfica y las acometidas de unos suburbios que arrancaban casi a un paso del mismísimo centro.

Fragmento del ensayo «Pío Baroja y el fin del Mundo», de Servando Rocha

Baroja y las ciudades: el desencanto de la generación del 98

Baroja era de esos a los que les gustaba patearse la ciudad y los alrededores, pisar las calles siniestras. Abría mucho los ojos (a veces quizá los apretaba y los achinaba, para poder ver bien lo que ocurría a cierta distancia) y afinaba el oído.

soy un paseante en corte. Salgo de casa con doce o catorce horas a mi disposición, sin plan alguno, rico, millonario de tiempo.

No retiraba la mirada al toparse con un mendigo, observaba sin censura y de la misma forma lo plasmaba sobre el papel. Estos paseos tenían lugar de día y de noche, lo que le permitía completar el positivo y el negativo de la misma instantánea. Como anticipa el título del ensayo de Servando Rocha (Pío Baroja y el Fin del mundo), Pío mantiene cierto tono de pesimismo y desencanto. Entre otras cosas, para él las ciudades ya no son lo que eran (y el mundo se está yendo a la mierda).

El París de Balzac y el Londres de Dickens trastornaron muchas cabezas juveniles del tiempo; hoy ninguna de las dos ciudades trastorna a nadie.

En estos Paseos del eterno paseante son muchas las veces en las que Baroja aprovecha para poner el foco sobre diversos aspectos de la política y de la sociedad del momento. Su conocimiento de los suburbios le permite reflexionar desde un punto de vista mucho más amplio que el de aquellos que no han puesto en su vida un pie en el Tetúan de las Victorias, por ejemplo. Sabe señalar con el dedo las injusticias y desigualdades sociales a cualquier escala y sabe exponer ejemplos de corrupción o hipocresía.

Un individuo de la clase media no es más que una especie de asteroide que camina por la nebulosa de la burguesía a buscar la aristocracia, que aquí no es noble ni hidalga, sino únicamente adinerada.

La verdad es que me habría gustado que Baroja y Robert Walser (El paseo) se hubieran conocido, creo que se caerían bien.

Golfos, bohemios y mendigos

En estas Calles siniestras merodean cientos de tipos de supervivientes: preparaos para una buena retahíla de personajes dispares. Baroja diserta sobre lo que aprende mientras observa al resto de paseantes nocturnos, a la vuelta de cada esquina (de cada página) encontrarás golfos, gamberros, bohemios, vagabundos y muchos otros personajes, más o menos canallas u honrados.

Una de las causas de la golfería es la democracia; yo no soy enemigo de ella; las conquistas revolucionarias me entusiasman tanto como a cualquier otro; pero la democracia nuestra, la que gastamos en España, me parece la institución más estéril, la más superficial y estúpida.
La democracia para nosotros no ha sido más que un camino abierto a todas las ambiciones pequeñas, a todos los deseos mezquinos y malsanos. Ha hecho que el hombre busque su progreso social más que su perfeccionamiento moral; ha producido en todos la ambición de representar más que la de ser. De aquí un desequilibrio, una necesidad de aparentar lo que no se tiene ni se es; de ese desequilibrio nacen las situaciones falsas.

Portada de "El azote de tunos

El autor también nos habla de oficios desaparecidos o que sabía que se encontraban en vías de extinción (aguadores, moragatos, memoria listas, tuti-li-mundis o galoneros). Como curiosidad, uno de los textos incluye una recomendación lectora que me ha molado mucho: El azote de los tunos, holgazanes y vagabunos, de Giacinto de Nobili.

Se trata de una «Obrita útil á todos, en la qual se descubren los engaños y fraudes de los que corren el mundo á costa agena. Refiérense muchísimos casos acontecidos en materia de Vagos, para desegaño é instrucción de la gente sencilla» [sic]. Si tenéis curiosidad y queréis echarle un vistazo, aquí podéis acceder a Cervantes Virutal para descargarlo en PDF.

Las calles siniestras: qué gozada de paseos con Pío Baroja

Esta recopilación de ensayos de mi tan admirado Eterno paseante, me ha encantado. Como no había leído demasiado sobre la sinopsis, pensaba que se limitaba a hablar de Madrid (cosa que me habría bastado). La sorpresa de encontrarme esas descripciones de París y las aventuras que cuenta de Londres (anarquistas mediante) ha sido muy grata. No cabe duda de que la forma en que radiografía Baroja al ser humano y a las ciudades lo hacen único. También lo hacen la sencillez con que narra y lo sosegado, sensato y sesudo de sus opiniones: la forma en que ensalza los oficios y da voz al débil es algo que le honra.

Por último, no puedo cerrar la reseña sin recalcar la edición de La Felguera. La encuadernación mola bastante a la vista (con el dorado de las letras sobre el negro de la portada) y al tacto. Además, incluye algo que siempre es de agradecer: un punto de lectura (cinta que sirve para señalar por qué página vas) en color rojo. A esto se añade que hay algunas páginas negras, en vez de blancas, lo cual da mucho juego. De las negras: unas traen impresas fotografías de archivo (sobre Madrid, París, Londres o el propio Baroja) y otras hacen de portada de cada ensayo. Los textos se han bautizado individualmente, pero también se especifica su procedencia (publicación original). Cuando una editorial pone mimo a lo que publica se nota, así sí.

En fin, estas calles siniestras y estos paseos con Baroja me han flipado (¡no falla, el tío!)


Fragmentos seleccionados de Las calles siniestras: antología del eterno paseante, de Pío Baroja

Sobre golfos y gamberros

Así como el golfo al dejar la clase social a que pertenece rompe con las ideas de esa clase, al rampante o trepador le sucede lo contrario: exagera las ideas de la clase a que piensa escalar.

Como la palabra favorita de hace cuarenta años era golfo, es muy posible que la de hoy llegue a ser gamberro. El gamberro, en general, es un mozo que toma una actitud desvergonzada, hace gala ante el público de ser impertinente, atrevido, irrespetuoso. Alardea de procacidad y de insolencia. Este tipo insolente, un poco en bruto, se da más que en ninguna parte en las provincias del norte de España, principalmente en las Vascongadas, en Navarra y algo en Santander y en Asturias. También se da en Galicia, no sé si tanto. Los focos del gamberrismo son San Sebastián y Bilbao, dos ciudades, antes, que pretendían, sobre todo la primera, ser la quinta esencia de la pulcritud y de la corrección más extremadas.

El gamberro no se parece al chulo, ni al de la realidad ni al que hemos visto representado y casi ensalzado durante cuarenta años en el teatro del género chico. La chulería o chulapería era más bien madrileña y andaluza y no llegaba al norte de la Península.

Vagabundos y bohemios

Claro que hay bohemios resignados, contemplativos, dulces hermanos de la cofradía de los desharrapados, pequeños San Francisco de Asís del arroyo, que pasean por el planeta acariciando un sueño interior cándido y dulce; pero la mayoría no son así, la mayoría tiene odios violentos y cóleras feroces.

Yo tengo varios libros sobre los vagabundos y mendigos. Uno se titula El azote de tunantes, holgazanes y vagabundos. (…) se señalan y caracterizan toda esta clase de mendigos: biantes, felsos, afrailes o frailes fingidos, abordones o falsos peregrinos, acaptivos, afarfantes o farsantes, acapones, lagrimantes, aturdidos, acayentes, cañabaldos, prestadores, tembladores, admirantes o milagreros, aconios que llevan imágenes; atacandos, que se fingen picados por la tarántula; mendrugueros, que solo piden mendrugos de pan: crujientes, que tiritan; clerizantes que fingen ser curas; rebautizados, palpadores, harineros, lampareros, que piden aceite para las lámparas de las iglesias; reliquieros, paulianos, colisarios, lavanderos, croceantes a vendedores de azafrán, compadreros, familiosos, pobres vergonzantes, morganeros, testadores, atrasados, hormigotes o soldados fingidos, ensalmadores y claveros o vendedores de amuletos.

Nota: el título está enlazado con el pdf disponible en Cervantes Virtual.

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