Corazón tan blanco / Javier Marías

Primera experiencia con Marías. Este libro me lo recomendaron junto a El túnel (Sábato), Meridiano de sangre y Primavera negra. Espero que todas estas me las recomendaran a raíz de haber estado hablando de novelas con personajes atormentados por sus propios pensamientos, y no que simplemente se traten de los libros preferidos de aquél que me lo recomendó. Si fuera así me daría pie a pensar que esa persona puede estar verdaderamente rota por dentro.

Es una novela intimista donde su protagonista es Juan, recién casado con Luisa. Ese recién estrenado matrimonio es el detonante de la angustia que siente (curioso que el autor, Javier Marías, nunca se ha casado). En pleno viaje de novios, en La Habana (de donde es originaria la familia de su madre) tiene una revelación y se acongoja ante la nueva situación:

Ese cambio de estado, como la enfermedad, es incalculable y lo interrumpe todo, o al menos no permite que nada siga como hasta entonces: no permite, por ejemplo, que después de ir a cenar o al cine cada uno se vaya a su propia casa y nos separemos, y yo deje con el coche o un taxi en su portal a Luisa y luego, una vez dejada, yo haga un recorrido a solas por las calles semivacías y siempre regadas, pensando en ella seguramente, y en el futuro, a solas hacia mi casa. Una vez casados, a la salida del cine los pasos se encaminan juntos hacia el mismo lugar (resonando a destiempo porque ya son cuatro los pies que caminan), pero no porque yo haya decidido acompañarla o ni siquiera porque tenga la costumbre de hacerlo y me parezca justo y educado hacerlo, sino porque ahora los pies no vacilan sobre el pavimento mojado, ni deliberan, ni cambian de idea, ni pueden arrepentirse ni elegir tampoco: ahora no hay duda de que vamos al mismo sitio, querámoslo o no esta noche, o quizá fue anoche cuando yo no lo quise. 

A lo largo del libro se van desenmascarando algunos secretos del pasado relacionados con su familia, a pesar del deseo de no saber del protagonista.

Escuchar es lo más pelıgroso, es saber, es estar enterado y estar al tanto, los oídos carecen de párpados que puedan cerrarse instintivamente a lo pronunciado, no pueden guardarse de lo que se presiente que va a escucharse, siempre es demasiado tarde.

He de decir que en algún momento me ha parecido un poco pesada debido a las constantes cavilaciones del protagonista (y narrador) en ocasiones demasiado detalladas para mi gusto. No obstante en la mayoría de los casos, las reflexiones del narrador sobre temas como el -ya mencionado- matrimonio, sobre los secretos y sospechas, sobre el hablar o el callar, sobre la memoria o sobre el asesinato, son una delicia leerlas.

Quién no ha sospechado, y con las sospechas se pueden tomar dos medidas, ambas inútiles, preguntar y callar. Si se pregunta y obliga quizá llegue a oírse ‘Yo no he sido’, y habrá que fijarse en lo que no dice, en el tono, en los esquivos ojos, en la vibración de la voz, en la sorpresa y la indignación quizá fingidas; y no podrá volverse a hacer la pregunta. Si se calla, esa pregunta estará siempre virgen y siempre dispuesta, aunque a veces el tiempo las vuelve incongruentes y casi inefables, literalmente extemporáneas, como si todo acabara por prescribir y hacer sonreír cuando pertenece al transcurrido tiempo, el pasado entero parece venial e ingenuo. Si se calla hay que disipar la sospecha y abolir la pregunta, o bien alimentar la primera y preparar la segunda con extremo cuidado, lo que resulta imposible es confirmar la sospecha, nadie sabe nada a lo que no ha asistido, ni siquiera puede darse crédito a las confesiones, en el colegio se dice ‘He sido yo’ cuando no se ha sido, la gente miente lo mismo que muere, parece increíble pero nada puede saberse nunca. O eso creo. Por eso es mejor a veces no saber ni el inicio, ni oír las voces que cuentan ante las cuales se está tan inerme.

Siendo el matirmonio el eje central del libro, Luisa, su mujer, es objetivo continuo de las observaciones de Juan. Disecciona completamente su relación, la de antes de casarse y la de después: en ocasiones de forma cariñosa y en otras de forma frívola. De todas estas, una de las imágenes que más me ha gustado -y repite- es la relativa a la mujer tarareando…

Luisa tararea a veces en el cuarto de baño, mientras yo la miro arreglarse apoyado en el quicio de una puerta que no es la de nuestro dormitorio, como un niño perezoso o enfermo que mira el mundo desde su almohada o sin cruzar el umbral, y desde allí escucho ese canto femenino entre dientes que no se dice para ser escuchado ni menos aún interpretado ni traducido, ese tarareo insignificante sin voluntad ni destinatario que se oye y se aprende y ya no se olvida. Ese canto pese a todo emitido y que no se calla ni se diluye después de dicho, cuando le sigue el silencio de la vida adulta, o quizá es masculina.

Se trata de una novela algo cíclica en sí (los temas son recurrentes y, finalmente, relacionan a los personajes más de lo esperado al principio) donde los recuerdos del narrador van y vienen, mientras que su yo físico se encuentra de luna de miel o bien en Madrid en compañía de su padre (otro de los protagonistas) y de Luisa.

A vosotros, que sois más jóvenes, no os pasará aún, pero llega un momento en el que uno confunde lo que ha visto con lo que le han contado, lo que ha presenciado con lo que sabe, lo que le ha ocurrido con lo que ha leído, en realidad es milagroso que lo normal sea que distingamos, distinguimos bastante a fin de cuentas, y es raro, todas las historias que a lo largo de una vida se oyen y ven, con el cine, la televisión, el teatro, los periódicos, las novelas, se van acumulando todas y son confundibles. Ya es asombroso que la mayoría de la gente sepa todavía lo que le ha ocurrido de verdad a ella. Lo que resulta imposible es distinguir lo que les ha pasado a otros y ellos nos cuentan de lo que se nos presenta como ficticio, o real pero lejano, lo real que atañe a personas que no conocemos o del pasado. Digamos que, quitando casos extremos, la memoria propia todavía se mantiene bastante a salvo, bastante incólume, uno recuerda lo que ha visto y oído personalmente de un modo distinto de como recuerda los libros o las películas, pero la cosa no varía ya tanto si se trata de lo que otros han visto y oído y presenciado y sabido y luego nos han contado. Y está lo que uno inventa.

He disfrutado mucho leyendo cómo cuestiona y desmitifica la institución del matrimonio, algunas de sus reflexiones, y, por supuesto, ha merecido la pena conocer algo de la obra de Javier Marías. No obstante, como comentaba, en alguna página se me ha atragantado tanto detalle.

Para quienes les guste leer divagaciones sobre grandes temas (como pueden ser el silencio, los secretos o los recuerdos), los «y si«, y desgranar hasta el último milímetro las relaciones de pareja, este puede ser su libro.


Nada impide oír tanto como estar oyendo a la vez dos cosas, dos voces; nada impide tanto entender como la simultaneidad de dos o más personas que hablan sin guardar su turno.

Me di la vuelta y le di la espalda, no nos habíamos dado las buenas noches, pero quizá no haría falta que nos las diéramos siempre, cada noche a lo largo de futuros años. Pero aquella noche tal vez sí, todavía.

Buenas noches -le dije.

-Buenas noches- respondió ella.

Al dárnoslas no nos habíamos llamado nada, ninguno de los apelativos habituales, las parejas no son capaces de no tenerlos, varios, o al menos uno para creer que son otros o no siempre los mismos y evitar llamarse por sus verdaderos nombres, que guardan para cuando se insultan o están enfadados o bien tienen que darse una mala noticia, por ejemplo que alguien va a ser dejado.

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