Tierra de zombis: vudú y miseria en Haití

Os presento a otro de mis compañeros de cuarententa, otro de los libros que me ha amenizado ratos durante esta época -inolvidable seguro- que estamos viviendo. Me lo dió mi madre hace unas semanas, cuando aún podíamos compartir espacio. Me lo regaló, a sabiendas de mi curiosidad, para que me informara sobre los zombis de verdad.

Y no sólo he encontrado zombis, me he topado una verdadera labor de investigación periodística que explica con detalle cada uno de los términos que incluye el título: vudú, Haití y sus miserias.

El autor, Vicente Romero, es un periodista que a lo largo de los años ha viajado a Haití para realizar diferentes reportajes y ha podido ir siguiendo la evolución políctica y social del país. Sus viajes (y capítulos) fueron siete, entre Septiembre de 1981 y Junio de 2013. Y de esta forma, cronológicamente, va revelando sus investigaciones.

A lo largo de todos estos viajes ha conocido a muchos hanganes (hechiceros buenos), a médicos investigadores del fenómeno zombi, ha asistido a rituales e incluso ha conocido al que podríamos llamar «El Papa del vudú», con el que parece que se creó un vínculo amistoso. Cada vez que realiza un viaje es como si se le desvelara un nuevo secreto, además de comprobar cómo han evolucionado las cosas que retrató la última vez. Es es la parte más dinámica del libro, la parte que devoras.

Por otro lado, en cada uno de los capítulos, se realiza una introducción que incluye un resumen de todos los cambios políticos que se han producido en ese tiempo. Esa parte de los capítulos, en algunos casos, se me ha hecho un poco pesada. A ver, está bien informarse, pero sé que no voy a recordar ninguno de los doscientos nombres que aparecen.

La conclusión es que en Haití -desde siempre y todavía sigue así- un 4% vive bien, y suelen ser católicos de los que critican el vudú, y el 96% restante es el que vive en la pobreza con sus propias leyes. Se dice en el libro que «Papá estado» no llega hasta ahí. Y con eso como base perenne, se han ido sucediendo golpes de estado o votaciones «Democráticas» que han puesto en el poder a más de un psicópata (ojo con el dictador François Duvalier a.k.a Papa Doc y su hijo Jean-Claude Duvalier, a.k.a. Baby Doc) con más o menos inclinación hacia el catolicismo o hacia el vudú. Y este último, según quién haya gobernado, ha sido reconocido, ha estado tolerado, ha sido prohibido o incluso perseguido (con matanzas incluidas). El catolicismo en cambio «siempre» ha sido admitido. Es una lástima, al final casi todas las creencias son bienintencionadas, unas beben de otras, y es el ser humano quien hace mal uso de ellas.

Como señala el antropólogo Brian Morris, al vudú, «por lo común, y bastante equivocadamente, se lo considera un culto extraño y exótico. Aún peor, al vudú se lo ha tenido por pueril y depravado, identificado con rituales estrambóticos y orgiásticos, la hechicería, los zombis y el canibalismo»’. Sin embargo, se trata de una religión de carácter monoteísta, que cree en la existencia del bondye*, un Dios único y bondadoso pero que se mantiene alejado de los asuntos cotidianos, de los que se encargan los loas o espíritus, cuyo alto número resulta imposible determinar porque a veces se repiten sus nombres y se cruzan sus características. Una religión mayoritaria en Haití, que significa un importante factor de cohesión social. Y que establece unas normas morales básicas, cuyo respeto exigen sus sacerdotes e imponen una veintena de organizaciones sagradas semisecretas. Según una de las mayores, la denominada Bizango, los vuduistas deben observar siete principios básicos, cuyo incumplimiento merece ser castigado en nombre de la comunidad: respeto a Dios como árbitro supremo; servicio a los loas que representan y protegen a la comunidad; memoria y honor a los muertos y los ancestros; cuidado y ayuda a los ancianos; generosidad con las personas cercanas; apoyo a familiares y amigos que lo necesiten, y buena convivencia social.

Tras la parte de política suele haber un poco de «miseria» (que es lo que suelen dejar a su paso los políticos). De esas partes me quedo con el speech que le suelta una monja de las que prestan ayuda humanitaria en uno de sus viajes:

-Los niños llegan aquí en condiciones de desnutrición de segundo o tercer grado, y al cabo de un mes ya parecen otros. Al principio no tienen ganas de jugar ni de hacer nada, pero poco tiempo después empiezan a disfrutar de las cosas. Eso es lo que conseguimos. Pero, por favor, no digan ustedes que estamos «haciendo caridad». Lo que intentamos es ayudar a que se haga un poco de justicia. Porque el hecho de que estas criaturas pasen hambre, que sus padres no puedan alimentarlas, no obedece a un accidente. Se trata de una situación de miseria que ha sido creada por unos sistemas económicos, tanto internacionales como locales, cuya política determina que en muchos países ciertos sectores de la población nunca puedan salir a flote. Nuestra ayuda no es bastante. Lo que hace falta es que cambien esas estructuras despiadadas que los condenan.

Superada toda la parte política y social es cuando el autor comienza a mostrarnos el mundo del vudú y el tema de las «zombificaciones» (vamos al lio), por medio de entrevistas y experiencias rituales a las que le permiten admitir (no las de los turistas). Se hace amigo de Max Beauvoir, que es el que decía antes que es como el Papa vudista. Le conoce en 1981, y le seguirá viendo en muchos de sus viajes. Le hablará del vudú y de los zombis.

Aquí es cuando me animo. No sabía nada de vudú (siempre me ha dado yuyu ahondar en cosas de espíritus y tal), pero tal y como viene explicado, no me ha dado miedo, jajaja. Me ha sorprendido ver que creen en la reencarnación, como el hinduismo o budismo, que te suena de lo más normal. Pero, al parecer, la reencarnación también se contempla en algunas religiones africanas, así que de ahí es de donde seguramente lo ha heredado:

La reencarnación es una creencia básica del vudú, una de las ideas que más nos diferencian de los cristianos -sen-tenció Beauvoir-. El hecho de existir es en sí mismo una oración a Dios, y la principal función del hombre es ayudarle en las tareas de la creación, para lo cual nos dotó de la energía que poseemos. La finalidad de nuestra vida es llegar a perfeccionarnos hasta formar parte de Él. Cada persona vive dieciséis vidas, como hombre y como mujer, como pobre y como rico, hasta ganar toda la experiencia necesaria para adquirir la sagese (sabiduría). Durante sus primeras vidas, los individuos son mucho más materialistas; se mueven por la ambición de riquezas y buscan saciarse de placeres. En las reencarnaciones siguientes entienden que los auténticos valores de la vida son otros, como el amor o la empatía. Van desarrollando cada vez una espiritualidad mayor. Finalmente, en su decimosexta y última existencia ya son casi espíritus puros y pueden incorporarse a Dios.

Y sobre el tema de los zombis, me ha reconfortado que corrobore lo que ya mi abuela -no es coña- me contó en su tiempo. La verdad es que ella leía muchísimo, y sabía muchísimo de muchas cosas (por lo que había leído o por lo que había vivido) y esta era una de ellas. Me explicó que, efectivamente, existían y que «eran personas a las que drogaban y perdían toda su capacidad de decisión, se quedaban como muñecos y que los utilizaban como esclavos».

Bueno, pues 3 de 3. Lo que no mencionó es lo del «antes». Resulta que»antes» alguien muere, pero a los X días un «hechicero malo del vudú» llama a su espíritu -posiblemente como castigo por algo- y lo revive.

¿Cuál es el destino inmediato de los zombis nada más salir de la tumba? La respuesta del bokor coincidía con lo que yo había leído. Se les mantiene unos días encerrados en una choza pequeña, sin apenas luz. Se les somete a una prolongada y rigurosa dieta carente de sal -como ya hacían los colonos franceses con los esclavos- con el propósito de provocar un edema cerebral crónico. Y se les persuade de que han muerto y revivido (…).

En otro apartado se explica que cuando sale el zombi de la tumba, se le echa en la cara una sustancia que fabrica el bokor (el hechicero malo). La drojaína de la que hablaba mi abuela (bueno, ella decía droga sin más). Aquí es donde entra en escena otro de los personajes claves del libro: el Dr. Lamarque Douyon. Este fue un médico que se dedicó a investigar sobre los zombis, intentando encontrar la sustancia que provoca que el organismo se quede en ese estado. Se esforzó en intentar «curar» a algunos de los zombis que pudo tratar. Con este médico también se entrevistará el autor en distintos viajes (obteniendo cada vez nuevas informaciones).

La cuestión es que, existen bastantes casos documentados y en el libro se mencionan bastantes de ellos. El caso más famoso es el de Rosemarie Thelusma (el enlace lleva al twitter de Iker Jiménez), caso al que el autor le hace un seguimiento especial. Pero vamos, que hay unos cuantos casos de gente que moría y a los años, o meses, o días, aparecía deambulando por donde vivía o trabajaba, como los de Walking Dead. Sin hablar, ni nada, con la mirada perdida y siendo obediente. Unos recuerdan, otros no…

En fin, libro recomendado si quieres conocer un poco mejor el mundo que nos rodea -Haití-, dejar de ser engañado sobre lo que es el vudúlo de los muñecos y los alfileres es puro Hollywoody leer sobre investigaciones e historias reales de zombificaciones. Si es así ¡este es el libro!

NANM para todos!!

PD: al final viene un pequeño listado de léxico básico del vudú. NANM es un «Poder sobrenatural que asegura salud, fuerza y suerte».



Nuestro concepto de justicia es inmanente, permanente, implacable. El primer instrumento moral de los vuduistas es lo que denominamos «oráculo del corazón», que podríai dentificarse con la voz de la conciencia, como forma en que se expresan la ley y la voz de Dios en el interior de cada persona. Y a veces hace falta consultar a un hungán o una mambó para esclarecer una mala decisión, tomada al ejercer la libre voluntad de cada uno, que es uno de los dones más preciosos de Dios.

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