Memorias de un reportero indecente / Pedro Avilés

Portada de Memorias de un reportero indecente, de Pedro Avilés. Ed. Muddy Waters Books, 1ª ed. mar. 2021.
Portada de Memorias de un reportero indecente, de Pedro Avilés. Ed. Muddy Waters Books, 1ª ed. mar. 2021.

Mentiría si dijera que sabía quién era Pedro Avilés antes de que Montero Glez recomendase estas Memorias de un reportero indecente en Twitter. No tenía ni puta idea, como de otras muchísimas cosas. Podría servir de excusa que mi gremio no es el periodístico, que cuando desapareció El Caso solo tenía catorce años y que en mi casa tampoco se leía Interviú. Pero, como del criterio de Montero Glez me fío mucho, decidí darle una oportunidad a este libro.

Cuánto me alegro de haberlo leído, te lo pasas pipa con esas aventuras que sirven de colchón a lo que es una crítica mordaz al periodismo en general (y de sucesos, en particular) que tenemos hoy en día. A pesar de que —probablemente— la palabra que más se repita sea «muerto», el tono de libro es jocoso; además de criticar busca divertir, cosa que se agradece. Quien quiera movidas chungas puede tirar por el true crime malrollero que tanto se lleva actualmente.

Pedro Avilés: escritor, chef y periodista-desertor.

Pedro Avilés Gutiérrez nació en Madrid en 1956 y fue un periodista pata negra durante décadas, hasta que en 2009 lo dejó. Se rompió el amor entre la profesión y él, así que decidió cambiar de oficio y se pasó a la restauración. Pero entre fogón y fogón también ha continuado escribiendo, porque lo que ha sido siempre es escritor.

Parece que, aunque sea un desertor del periodismo, el tema de la investigación le sigue gustando. Me ha resultado bastante curioso que, novelas al margen, también ha publicado un par de libro-juegos que consisten en resolver casos: Enigmas criminales para mentes perspicaces y Retos criminales. Juegos de lógica, ingenio y deducción, ambos en la colección Cuadrados Criminales de Alma Editorial. Lo más parecido que creo conocer es el juego ese que se hizo famoso hace años que se llamaba Mindtrap, ¿os acordáis? Pues esto tiene pinta de ser algo similar.

Sobre las novelas, tiene seis publicadas. Dos de ellas se publicaron en los setenta y el resto en este nuevo milenio. La de Mata al presidente (2009) se supone que es una novela interactiva, donde quien lee elige el final, ¿será tipo Elige tu propia aventura? Menudo jugón el notas, entre el rollo de los cuadrados y esto.

Las tres que quedan por mencionar son Las mariposas sobre la tumba (2006), El whisky del muerto (2007) y Katoucha (2018). Estas forman una saga negra protagonizada por Mario Candil, un periodista de sucesos, que bien podría ser una especie de alter ego del autor, no lo sé. Pero tiene toda la pinta. Quizá algún día me anime.

De cuando Pedro Avilés era un reportero indecente

Tras esta panorámica sobre la figura del autor, llega el momento de centrarnos en sus Memorias de un reportero indecente, donde el escritor de hoy recuerda el periodista que fue ayer. A lo largo de estas doscientas y pico páginas, Pedro Avilés habla de los años en los que trabajó como periodista de sucesos en El caso, en Interviú y —finalmente— durante un par de años en la televisión con la Mari Tere (sa Campos), aunque también trabajó para otros medios.

«Al suceso no le sienta bien la televisión porque ya es un espectáculo en sí mismo. No necesita ni un solo gramo más de dicho ingrediente, ni tampoco añadidos».

De forma cronológica, utilizando como excusa algunos de los casos en los que trabajó, cuenta cómo era el oficio hace 40 años y que, por lo que dice, nada tiene que ver con el periodismo actual. Entró a trabajar en El Caso con veintipocos años, algo atemorizado por verse en una redacción sensacionalista y amarillista, que era lo que se decía. La sorpresa fue grata porque se encontró con una plantilla de personas con muchas ganas de trabajar y muy pocas de inventar, no era necesario. Las noticias en sí ya tenían suficiente chicha como para no tener que estar exagerando el tema, técnica habitual a día de hoy.

Relata cómo se trabajaban las noticias e investigaban a «los muertos», que es como llamaban a cada caso. Cómo tenían que quemar ruedas, prácticamente, para llegar los primeros a cualquier punto de la península donde se hubiera cometido el crimen. Entrevistar a las familias, visitar el lugar de los hechos, el tanatorio, el juzgado o la comisaría; en ocasiones arriesgando su vida o ganándose alguna posible querella por saltarse la ley de vez en cuando.

Pedro Avilés y José Montoro, los Indiana Jones de los sucesos

Como comentaba al principio, a pesar de lo macabras que puedan resultar las historias que nos cuenta (hablamos de Puerto Hurraco, Alcàsser o los asesinos del Rol, entre muchos asesinatos no tan conocidos, pero igual de espeluznantes), el tono empleado para la narración tiene mucho de humorístico.

Pedro Avilés y Montoro

Pedro Avilés le quita peso al asunto, como se lo quitaban entonces él y su compañero José Montoro, con quien formó pareja laboral durante trece años.

En la foto de la derecha aparecen Pedro Avilés y su compañero Montoro en Armada, Pola de Lena (20-12-1988), en uno de sus viajes. Está tomada antes de entrar en una cueva donde se había suicidado un tipo, de un tiro en la sien, y que según Avilés: «estaba más tieso que la mojama».

Estos dos reporteros indecentes, aventureros (eso sí: bien pagados y respaldados por los medios para los que trabajaban) salían pitando con su bolsa, su cámara y sus objetivos, a la caza del último hecho escabroso o incluso para cubrir alguna guerra (como la del pan en Marruecos o la de Yugoslavia).

«—¿Estás gilipollas, tío? Estabas en plena línea de tiro de los snipers croatas.

—No pasa na, hombre —me responde divertido.»

Quizá por venir de fábrica hechos de una pasta especial, quizá por hacerse de esa pasta por una simple cuestión de supervivencia emocional, la forma en que cuenta estas historias consigue que te descojones.

Anécdotas y crítica del panorama periodístico actual

Pero en estas memorias, más allá de anécdotas y picaresca, quien lea encontrará también mucha crítica al panorama periodístico actual. Pedro Avilés explica las razones por las que se rompió el amor y por las que seguir haciendo crónicas carecía de sentido. Todo se jodió cuando llegó la tele privada, los índices de audiencia, las cuotas de pantalla y todas esas movidas de los medios masivos.

Como decía al principio, no soy ninguna experta del gremio, pero por alguna razón la forma de investigar de Avilés me ha recordado a la de Vicente Romero, de quien leí Tierra de zombis: vudú y miseria en Haití (que también comenté en su día en el blog). Considero a ambos periodistas de terreno, de los de enfangarse, cosa que merece mi admiración. Y aunque el autor considere que «el antes» era mejor que el «ahora», a mí no me ha parecido detectar ningún tono de superioridad. Al contrario, transmite decepción por un gremio al que quería y en cierto modo se compadece de la situación en la que tiene que trabajar ahora la gente joven que opta por esa profesión.

En resumidas cuentas, leer Memorias de un reportero indecente me ha resultado interesante, revelador y divertido. Solo hay un pasaje que me haya revuelto el estómago, y es porque no está narrado por el autor, sino por uno de los asesinos del rol (se transcribe un escrito suyo). Quitando esa parte, la experiencia ha sido cojonuda. Muy recomendable.


Algunos fragmentos de Memorias de un reportero indecente, de Pedro Avilés

«Hacer un muerto no es:

—Recabar información de un suceso usando el teléfono.

—Llamar al gabinete de prensa de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado para pedirles que te envíen por correo electrónico la nota de prensa.

—Coger el teletipo de la agencia que ha publicado la noticia para rellenarla con tus apreciaciones periodísticas y con la nota de prensa

—Plantarte en el gabinete de prensa de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado para que te impriman la nota de prensa de la Policía.

—Leer ‘noticias’ en las redes sociales o hacer caso de lo que ese amigo tuyo tan molón te cuenta por WhatsApp»

Nota: Al comienzo del libro, Avilés explica la diferencia entre lo que es «hacer un muerto» y lo que no. Voy a transcribir solo la primera, aunque la segunda no tiene desperdicio, pero merece la pena leerla en el libro (porque resume muchas de las tretas y artimañas que vas a encontrar a lo largo de las páginas).

«Este libro resume una selección jugosa de vivencias y anécdotas periodísticas experimentadas a lo largo de treinta años, trece de los cuales trabajamos juntos José Montoro y yo en las plantillas de los semanarios El Caso e Interviú y en el programa Día a día, de Telecinco, en el que teníamos una sección semanal sobre crímenes sin resolver. Nosotros, que veníamos de la prensa escrita, pronto descubrimos que la televisión es mentira, es decir, simulación. Al suceso no le sienta bien la televisión porque ya es un espectáculo en sí mismo. No necesita ni un solo gramo más de dicho ingrediente, ni tampoco añadidos».

«Busco a mi compañero con la vista: ‘Joder, ¿dónde se ha metido Montoro?’ Es entonces cuando escucho a los soldados: ‘¡Uyuyui, uyuyui, uhhhhh, uyuyui!’ mientras miran divertidos las ruinas de una estación de autobuses que hay cerca, en plena línea de tiro de los francotiradores croatas. Allí está mi compañero sacando fotos de toda destrucción que ve, y es mucha. ‘¡Uhhhhh, uyuyui, uyuyui!’ siguen mondándose los soldados.

Tras haberme desgañitado pidiéndole que viniera y, ya a resguardo seguro del edificio en donde nos encontramos, las risas se amontonan: de soldados yugoslavos, de un cámara de la televisión nacional yugoslava y de un fotógrafo de la Associated Press. Todos se están mondando de risa.

—¿Estás gilipollas, tío? Estabas en plena línea de tiro de los snipers croatas.

—No pasa na, hombre —me responde divertido.

Comprendo que está pagando la novatez. Es su primera guerra y ha tenido suerte. Se ha cumplido la máxima que dice que si una tormenta te pilla en el campo y no piensas que el rayo te puede caer, seguro que no te caerá».

«Estábamos fotografiando dicha reconstrucción cuando se comenzaron a oír algunos murmullos que, ciertamente, iban cada vez más en aumento.

—Veo el ambiente un poco tenso —me indicó mi compañero.

—-¡Cabrones, hijos de puta, venid aquí si tenéis cojones!

—Sí, parece que nos miran mal —le respondí».

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