Los demonios / F. M. Dostoyevski

Ejemplar de "Los demonios" (Dostoyevski). Edición Galaxia Gutenberg

Esta vez traigo la reseña de «Los demonios» una de las novelas de Fiódor Dostoyevski, como sabéis, uno de los grandes autores clásicos de la literatura universal. Uno de los rusos por excelencia. Hacía muchos años que no leía ninguna obra suya, las últimas fueron El jugador (del que hay entrada en este mismo blog), El eterno marido y Memorias del subsuelo, libros no demasiado extensos. Quizás por ello pensé que esta novela sería cortita, no como Crimen y Castigo. Pues, ¡sorpresa! son casi mil páginas de novela, lo que se dice un novelón.

Sobre Dostoyevski

Fiódor nació en Moscú en 1821 y falleció en San Petersburgo en 1881. Entre esos dos acontecimientos (ademas de escribir) le ocurrieron muchas cosas.

Estudió ingeniería y estuvo en el ejército. Luego empezó a escribir en serio y a juntarse con otros intectuales. Se juntaron tanto tanto que se le acusó de pertecener a un grupo que quería cargarse al Zar, estuvo a punto de ser fusilado pero finalmente le enviaron a hacer trabajos forzados a Siberia.

Podéis encontrar muchos más detalles de su vida en la propia wikipedia, pero quería hacer hincapié en lo de Siberia y demás. Ese tipo de experiencias, que tanto pueden marcar la vida de una persona, seguro que le susurraban a Dostoyevski qué debía escribir. O lo mismo fue por algo que dijo su cuñao.

Origen de Los demonios

Dostoyevski, después de lo de Siberia y eso, estaba bastante cabreado con los radicalismos. Los demonios (crítica brutal del nihilismo) termina de fraguarse en la mente de Fiodor Dostoyevski cuando su cuñado, en una comida familiar, habla de Ivanov, un compi suyo de facul. Iván Ivanov fue asesinado en la Escuela de Agricultura de Moscú por sus antiguos camaradas: un grupo organizado por el joven -nihilista- agitador Serguéi Necháyev. Cuando Fiódor se enteró de eso pegó un puñetazo en la mesa en la mesa y dijo: ¡hasta aquí!. En ese momento se puso a escribir. Obviamente lo de la comida no creo que ocurriera tal y como lo he contado, pero lo del cuñado y la historia de Iván son verdad.

Basándose en esta historia e impulsado por la rabia, lleno de demonios que le corroían por dentro, Dostoyevski ya tenía creados a Piotr y a Shátov (dos de los protas). Ahora sólo tenía que seguir tirando del hilo para encontrarles un pasado, una familia o un entorno social.

«¿A qué se debe -me dijo una vez Stepán Trofimovich-, a qué se debe que, según he podido observar, todos estos socialistas y comunistas recalcitrantes sean, al mismo tiempo, tan increíblemente avaros, tan codiciosos y tan ávidos de propiedad, hasta el punto de que cuanto más socialistas, y cuanto más avanzadas son sus ideas, tanto más intenso es su espíritu de propietarios? »

Pero hasta llegar a conocerles a ellos, el narrador -del que prácticamente ni aparece el nombre a lo largo de la novela- y testigo cercano a los protagonistas, se hace de rogar. Dostoyevski tiene la costumbre ir desmenuzando la trama y a los personajes a base de pellizcos. Uno por aquí, otro por allá, toma este del tiempo actual, toma aquel otro de hace quince años, y así.

Suele emplear fórmulas tipo «sobre esto ya habrá tiempo de entrar en detalle». De este modo consigue mantenerte pegada al libro, te has quedado con las ganas de conocer otra parte de la historia diferente a la que se relata en ese momento. Y así, poco a poco, va trenzando la trama y a los personajes.

Personajes y trama de Los demonios

Casi todos los personajes de la novela (la señora Varvara, Stepán -amigo del narrador y padre de Piotr-, Nicolás el hijo de Varvara, etc.) son personajes bastante locuaces. Por medio de extensos monólogos, conversaciones en reuniones sociales, ríos de vodka y desmayos (qué facilidad tienen en Rusia para el desmayo) Dostoyevski va revelando la historia de cada uno de ellos y las relaciones que puedan mantener o haber mantenido entre sí.

-Lo que usted sobrentiende, Varvara Petrovna, es que cuanto peor, tanto mejor; lo comprendo, lo comprendo. Viene a ser como en materia de religión: cuanto peor vive el hombre, o cuanto más sufrido o pobre es el pueblo, con tanto mayor ahínco sueña con una recompensa en el paraíso; y si, por añadidura, de ello se preocupan cien mil sacerdotes, estimulando las ilusiones y especulando con ellas… La comprendo a usted, Varvara Petrovna, esté segura.

De esta forma se va dibujando el perfil de Los demonios. Estos demonios se han pasao de rosca: han llegado a matar a alguien por un idealismo o corriente de pensamiento. En esta novela Dostoyevski contextualiza cómo brota esa violencia y cómo se cuela entre la agrietada sociedad aristócrata. Conviene recordar que pocos años antes de los hechos que se narran, en 1860, se había abolido la «servidumbre» en Rusia. Eso había dejado en bragas a los burgueses, claro.

¿Cómo se puede llegar al extremo de matar a alguien por cuestionar una idea, de qué forma se da el salto? ¿Y quién es responsable de ello? (muchas veces no es el mismo que quien lo ejecuta). La especialidad de Dostoyevski es mostrar personajes atormentados que nos regalan por medio de sus diálogos (o monólogos) reflexiones acerca de las debilidades y miserias del ser humano.

Ponga usted el último mono a vender miserables billetes de ferrocarril; ese último mono se considerará ya con de derecho a mirarla a usted desde la altura de un Júpiter cuando usted vaya a adquirir un billete,

Ritmo de Los demonios de Dostoyevski

Un arranque un poco lento

Lo primero que hay que asumir es que es un libro largo, dividido en tres partes, así que si eres una persona que se agobia con esto tienes dos opciones: o ir intercalando con otras lecturas o no acercarte a él.

La primera parte de Los demonios se me hizo larga, mientras buscaba un poquito de acción, se me empezó a apagar el entusiasmo con que me reencontré con esos personajes tremendamente excitables de Dostoyevski. Esta primera parte es empleada para contextualizar a los personajes, la historia que tienen en común y la situación del momento narrativo. Además de ponernos al tanto de la situación política / religiosa en Rusia durante la década de 1860.

Una de las cosas que más rabia me da es que no utilice siempre el mismo nombre (el de pila, primer apellido, segundo apellido o una combinación concreta de ellos) para referirse a los personajes. Hay en ocasiones en que te vuelves tarumba, son demasiadas personas como para recordar el nombre, el apodo y los apellidos de todas. Como recomendación: haceos un índice onomástico de sinónimos, jajaja, yo me arrepiento de no haberlo hecho.

Aunque el capitán Lebiadkin había cesado en sus borracheras, estaba muy lejos de parecer equilibrado. En los borrachines sempiternos acaba por arraigar para siempre algo inarmónico, estupefaciente, contrahecho y demencial, si bien todos ellos saben fingir, engañar y bribonear con igual astucia que el que más, si llega el caso.

Empieza la acción de Los demonios

Volviendo a la trama, la segunda y tercera parte son las que ya tienen la chicha. Ahí es cuando, por fin, cada personaje se va quitando el disfraz que lleva y empiezan las tiranteces entre ellos. El juego de las apariencias termina y Dostoyevski se despacha bien por boca de sus personajes (religión, política, moral). Estas partes del libro sí que me las he leído en unas pocas sentadas bien largas, cosa que con la primera parte no ocurría (de hecho fui intercalando unos cuantos libros).

Los demonios ha sido un muy buen reencuentro con la literatura rusa y más en concreto con Dostoyevski: me lo paso pipa con sus personajes y con sus historias. Habitualmente los temas que plantea son universales y casi siempre siguen vigentes. En esta historia nos cuenta cómo se fragua un grupo terrorista. Hay muchas escenas y sermones (también traiciones) que no difieren del mensaje que posiblemente enarbolen algunos grupos hoy en día.

«¿Con qué fin se cometieron tantos asesinatos, tantos desmanes y tan tas atrocidades?», respondió, con vehemente apresura miento, que «con el de socavar sistemáticamente los cimientos del Estado, a fin de destruir sistemáticamente la sociedad y todos sus principios, desmoralizar a todo el mundo y convertirlo todo en un revoltijo, tomar las riendas de una sociedad tambaleante, enferma y deprimida, cínica e incrédula, aunque sedienta y ávida de subsistir y de poseer una idea rectora, enarbolando la bandera de la rebelión.

Opinión final de Los demonios de Dostoyevski

Me ha gustado mucho la lectura (principalmente las dos últimas partes) pero está claro que no es un libro ni ágil ni para pasar el rato: es un libro para no tener prisa ni marcarse plazos. Como lector debes inmiscuirte poco a poco en el entorno de Varvara Petrovna y Stépan Trofímovic, en sus tertulias, ir conociendo de qué se habla ahí y quiénes son los personajes. Es como si fuera una gran obra de teatro (seguro que hay alguna adaptación por ahí, o debería haberla) creada para ti.

¡Un saludo!


PD. 1: la edición malísima, por cierto. Se me ha esguardamillado completamente (me encanta puder usar ese término). Lo aprendí en «Tocar los libros» de Marchamalo. Además, no es por nada, en este caso está empleado de forma muy propia: ha perdido precisamente las guardas delanteras y traseras).

PD. 2: para compensar la lentitud de los acontecimientos de esta pedazo novela, en la próxima reseña traeré otro clásico universal pero con un ritmo muy distinto: «El tulipán negro» de Alejandro Dumas.

Otros fragmentos

Hay que implantar la obediencia. Lo único que falta en el mundo es obediencia. El ansia de saber constituye, de por sí, un devaneo aristocrático. Un germen de familia o de amor encierra ya un deseo de propiedad. Mataremos el deseo: fomentaremos la embriaguez, la intriga, la delación; organizaremos un libertinaje inaudito; ahogaremos en embrión a cualquier genio. Todo se reducirá a un común denominador, la igualdad completa. «Hemos aprendido un oficio, somos gente honrada y no necesitamos nada más», han proclamado recientemente los obreros ingleses. «Sólo es necesario lo necesario» será, a partir de ahora, la divisa del globo terráqueo. Pero también son imprescindibles las convulsiones; de eso nos ocuparemos nosotros, los gobernantes. Los esclavos han de tener gobernantes. Obediencia plena, despersonalización absoluta (…)

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