La copa de Verlaine / Emilio Carrere

Portada "La copa de Verlaine" de Emilio Carrere
Portada «La copa de Verlaine» de Emilio Carrere

Hoy la reseña que traigo va sobre «La copa de Verlaine», obra de Emilio Carrere, que recoge venticinco ensayos o artículos suyos. Leer esta recopilación de escritos es como beber directamente de la fuente de la Bohemia: un espectáculo valleinclanesco. No podía ser más adecuado el título elegido que, por cierto, se toma del primer ensayo que se incluye.

Emilio Carrere: testigo, protagonista y cronista de la Bohemia

Emilio Carrere (1881-1947) nació y murió en Madrid. Vivió y compartió mesa y tertulia con muchos de los literatos, poetas o golfemios que pululaban por Madrid en su época. Fue cronista oficial de la Villa de Madrid. También fue poeta, periodista y narrador; La copa de Verlaine prueba estas dos últimas facetas.

Basta con echar un ojo a su página en Wikipedia para comprobar con qué tipo de personas alternaba. Saltan a la vista nombres como: Federico Chueca (con el que jugaba al billar), Julio Romero de Torres (amigo), Rubén Darío (mentor) o Alejandro Sawa (compañero de tertulia y vida nocturna).

Su obra más conocida es la fantástica «La torre de los 7 jorobados». He de confesar que no la he leído, pero sí que tengo el DVD de la película de 1994 de Edgar Neville y me flipa. Como también me ha flipado esta copa de Verlaine.

La copa de Verlaine: un cóctel

En estos 25 pequeños ensayos o artículos, Emilio Carrere, analiza la juventud bohemia de la época, el espíritu del poeta decadente, las costumbres y vicios de algunos escritores, lo que hablaban y los lugares que frecuentaban.

Si nos fijamos, los tres primeros temas que menciono tienen en común a un misma figura: el escritor. Esto es lo que más vas a encontrar: historias muy curiosas sobre escritores más o menos conocidos. El título del recopilatorio lo toma del primer relato que se incluye, habla del poeta Paul Verlaine.

Para sus contemporáneos -a excepción de pocos nobles espíritus- fue un gran poeta que tenía un defecto, se emborrachaba y hacía una vida absurda: Derrochó sus felices dotes naturales, hubiese podido desarrollar para bien de su obra y de su reputación, haciendo una vida más metódica.

Al desconocido idiota que escribió esto le conozco yo personalmente. Es una especie de tonto que abunda en todas partes: el tonto cosmopolita. Poe lo sufrió en Norte América; Verlaine, en París, y en España, muchos espíritus artistas que no se adaptaron a la hosca estupidez del ambiente. Es el tonto sensato, valga la paradoja.

Autores en La copa de Verlaine

Algunos de los ensayos que se incluyen en este recopilatorio hablan concretamente de algún poeta o escritor («El viejo poeta Nerval», «La última copa de Edgard Poe», «Santaló»). En algunos casos se expresa en calidad de colega pero en otros en calidad de observador / admirador. En este segundo grupo está Poe, se nota que le flipaba.

Como ejemplo del tipo de anécdotas que se cuentan quiero mencionar una que se atribuye a Gerardo de Nerval (Gèrard de Nerval). Ahora tenemos multitud de aparatitos para disponer de luz mientras leemos, pero hace dos siglos no era tan fácil. Cada uno se las ingeniaba como podía, Gerard (con mucha pericia) lo hacía así:

Tenía la fiebre de la lectura. Leía acostado doce horas de un tirón, y encontró un modo extravagante de alumbrado: ponía en equilibrio sobre su cabeza una gran palmatoria de cobre, que iluminaba perfectamente las páginas; pero, a veces, se dormía y la palmatoria rodaba por la cama, con grave peligro de incendio.
Acaso bebía un poco o se entregaba al opio; lo cierto es que sus extravagancias se hicieron muy frecuentes.

Me lo imagino y me parto.

Otro autor que no podía faltar es Alejandro Sawa. Carrere le consideraba el rey de la «auténtica bohemia».

Y ¡Alejandro Sawa!… Glorioso emperador de la bohemia, del gesto amplio y magnífico como Hugo, ciego como Milton, altivo y suntuario como un dios, con la cabeza en las nubes у el corazón en la hoguera del amor y del dolor de la Humanidad. En Alejandro Sawa la capa bohemia era manto pluvial, capa pontifical, manto de púrpura, clámide y aureola. Alejandro fué la suprema consagración de la capa bohemia.

Por último, respecto al tema autores, hay que destacar el artículo titulado «Hábitos y extravagancias de escritores«. En este artículo, el autor, nos chiva acerca de ciertos hábitos y rarezas de distintos autores. Algunos de ellos son: Molière, Balzac, Valle-Inclan, Aurora Dupin (a.k.a. George Sand), Alejandro Dumas, Paul Verlaine, Gerardo de nerval, etc. Una maravilla que sacia la curiosidad de cualquiera.

Gregorio Pueyo: el editor de Carrere

Más allá de los escritores, otro de los personajes que aparece en varios escritos (como por ejemplo en «Glosario Pintoresco») es un tal «Pueyo»: el editor. Al verle mencionado tantas veces sentí el impulso irrefrenable de investigar quién era.

Se refiere a Gregorio Pueyo, editor de los Machado, Valle-Inclán y del propio Carrere entre muchos otros. Se menciona su tienda en la calle de Mesonero Romanos. Tras bucear un poquito por Cervantes Virtual, di con este libro en el que aparece nuestro Gregorio:

Fragmento del libro "Libreros y editores de Mdrid durante 50 años" (Madrid. 1924) donde aparece Pueyo

Me encanta cuando localizo «pruebas» de lo que te cuenta alguien en un libro. Well done, Rastreator!

La juventud y el alcohol: la vida bohemia

Antes hablaba de la «auténtica bohemia» porque Emilio Carrere tenía claro aquello de no es oro todo lo que reluce. A lo largo de distintos artículos se esfuerza en explicar y definir en qué consiste exactamente la bohemia literaria (no la golfemia).

La picaresca clásica, erudita, aventurera y gallofa se funde con la bohemia literaria, pedigüeña, trotacalles y sentimental, y nace el tipo del «piruetista» entre poeta y pícaro, filósofo y desarrapado.

Por eso «Santaló» le caía tan bien a Carrere, de él decía que «fue un bohemio, pero no hampón».

El alcohol y la juventud van de la mano de la Bohemia, eso es así. Carrere no aboga por la autodestrucción, más bien al contrario, pero entiende que ciertos espíritus opten por esa vía. En los «Poetas borrachos» analiza estos aspectos (y vuelve a declarar su amor a Poe).

Beber, para olvidar un dolor o para ser valiente ante las luchas cotidianas, me parece una pueril equivocación. Hay que tener serenidad, firmeza moral contra todas las celadas de la vida. «El alcohol, el opio, el hachís no crean nada; prestan al cerebro una energía de momento con un rédito ruinoso». La inspiración no está encerrada en una botella.
Yo creo esto firmemente; pero, ¿cómo vamos a negar a algunos espíritus desventurados esa puerta de escape de una realidad abrumadora, estúpida y hostil?

El autor de «La capa bohemia» (título de otro de los ensayos que se incluyen en La copa de Verlaine) entiende que cada cosa tiene su tiempo: ese tipo de vida solo puede mantenerse durante la juventud. Así sentencia el primer ensayo:

Es igual que la bohemia, que es un puente que se pasa bien en la juventud, pero es peligroso seguir de por vida de bracero con esta triste querida del arroyo, que al par de nosotros va envejeciendo y en seguida pierde su salvaje belleza y la alegría de la primera hora ilusionada.

Retrato de España (por Emilio Carrere)

La mayoría de los relatos incluyen alguna crítica social así que, entre historias de cafés («Un viejo café galante») y pobres poetas perdidos («El poema del mal poeta»), te vas bebiendo de «La copa de Verlaine» y -sin darte cuenta- ha ido apareciendo ante ti un retrato muy detallado. Como una foto Polaroid, tienes que esperar hasta que se muestre la imagen: poco a poco.

En España la selección está hecha al revés. La inteligencia, incluso el genio, es menos útil que la asiduidad, la adulación, la laboriosidad y otras virtudes de oficinista. La tragedia de Edgar Poe se repite todavía.

Carrere habla de la miseria y la pobreza de muchos («La plazoleta de los fracasados»), de las clases sociales y sus personajes («El galán de los ouistitis») o del trabajo precario (en «Perfil de tragicomedia» trata sobre la esclavitud moderna). En «La capa de mendigo» culmina (fulmina) con estas palabras:

País de pirueta y de lotería, donde reina lo imprevisto, y la aventura, y salto mortal; donde el Arte y la Ciencia son pordioseros, donde se mendiga todo, desde la bicoca política hasta el duro pan proletario, donde el esfuerzo personal no da derecho a esperar nada, ¿con qué autoridad queremos suprimir la mendicidad pintoresca? ¿No os parece que toda España va envuelta en una capa de mendigo?

Conclusiones de «La copa de Verlaine»

Por medio de estos 25 escritos -que ocupan solamente 74 páginas- puedes hacerte a la idea de lo que consistía la vida de los poetas bohemios y otros escritores de principios del siglo XX. El alcohol, la poesía y la crítica social están muy presentes en casi todos los textos.

Para aquel que tenga esa parte de voyeur respecto a los grandes escritores, aquel al que le gustaría observar por un agujerito y conocer sus manías respecto a la escritura: este es su libro. No paran de aparecer nombres de escritores (muchos de ellos los he tenido que guglear porque no sabía quiénes eran).

Me ha gustado mucho, la verdad. Me reconforta seguir rellenando esas vasijas mentales que contienen «cosas sobre la bohemia» y «cosas sobre escritores». Eso sí, la edición deja bastante que desear. La maquetación no les ha salido muy bien, no, hay ensayos cuyo título (que visualmente se diferencia del resto porque va en negrita) está pegado a la última frase del anterior. Si vas despistada no te das cuenta de que acabas de empezar otro texto diferente. Y por otro lado aunque incluye un índice con los títulos de los ensayos, no aparece indicado en qué página se encuentra cada uno (un índice súper útil).


La Dama de la Noche entiende las palabras misteriosas que susurran en el fondo de mi alma, sin asomar jamás al labio. Son palabras de un idioma lleno de amor y de eternidad, y ella me dicta versos ese lenguaje divino, con símbolos  imperecederos. La Musa de la Noche sabe la cifra del amor, del dolor y del misterio, y me inicia en sus ritos sobrehumanos, mientras los otros hombres -los hombres sanos que viven de día— duermen en un grotesco amontonamiento de carnaza, como cansadas bestias sin horizontes en el pensamiento. Y también sin el exquisito tormento de la Poesía.

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