El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas / Haruki Murakami

Portada de "El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas" / Haruki Murakami. Maxi TusQuets

Vuelvo con la reseña de una novela que abandoné hace diez años y a la que me alegro haberle dado ahora una segunda oportunidad: «El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas» de Haruki Murakami. Habré leído alrededor de siete libros suyos y es la cuarta vez que aparece en este blog, así que está claro que el autor me gusta, pero supongo que hace años, en el momento en que empecé el libro, no me encontraba preparada para tanto surrealismo. Esta vez ha sido todo lo contrario: Murakami, cógeme de la mano y llévame a tus mundos, onegai shimasu. Y me ha encantado.

El fin del mundo y el país de las maravillas: dos universos

En este libro se presentan dos universos diferentes, uno real, donde puedes pisar las calles de Tokio, y otro fantástico del que desconoces su ubicación y sabes -desde el inicio- que es fantástico porque hay unicornios (creo que eso es una pista bastante fiable). Cada mundo tiene a su protagonista.

El del primero se dedica a algo parecido a la contabilidad, lleva una vida tranquila, la de un soltero que va de casa al trabajo y del trabajo a casa. Sin embargo, le empiezan a suceder cosas raras desde el momento en que entra a trabajar en un sitio nuevo bastante extraño.

El del segundo universo acaba de llegar a una misteriosa ciudad amurallada utópicamente pacífica pero, para poder acceder, le obligan a separse de su sombra. Sí, como en Peter Pan. Este es el mundo en el que se encuentran los unicornios.

(…) El hecho de que no existan luchas, odio ni deseos significa que tampoco existen las cosas opuestas. Es decir, la alegría, la paz de espiritu, el amor. Porque es de la desesperanza, del desengaño y de la tristeza de donde nace la alegría y, sin ellas, ésta no podría existir. Es imposible en contrar una paz de espíritu sin desesperación.

Los protagonistas de los mundos de Murakami

Cada uno de estos personajes se ve envuelto en una aventura surrealista sin quererlo, algo habitual en las novelas de Murakami. Uno de los momentos que más me suelen gustar de sus novelas es cuando el propio interesado se da cuenta de este hecho:

Vaya por Dios, me dije. ¿Por qué no dejan de pasarme cosas raras? ¿Qué he hecho yo? Soy un calculador independiente, un tipo práctico y realista. No soy ni ambicioso ni interesado. No tengo familia, amigos ni novia. Ahorro cuanto puedo para aprender violonchelo o griego cuando me jubile y pasar una vejez tranquila. ¿Por qué diablos me encuentro metido en historias estrambóticas de unicornios o de eliminación del ruido?

Por lo que parece, muchos de los protagonistas de las novelas de Murakami habitualmente son seres solitarios, que tienen la sangre de horchata y que se dedican exclusivamente a la contemplación y a reflexionar. Esto es lo que aprovecha el autor para poder analizar su psicología (miedos, manías, costumbres, prejuicios) especialmente en este libro en el que la mente humana tiene tanta importancia.

El mundo de las maravillas y el fin de un despiadado país

Como intuiréis, conforme avanza la narración, empiezan a aparecer conexiones entre ambos mundos y los dedos de Murakami trenzan sus hilos. Las dos historias se mantienen independientes y, lo más seguro, es que ambas te tengan enganchada. A este autor le encanta el misterio, las sorpresas y hacer esperar al lector.

Mientras te hace esperar te cuenta cómo son los personajes cuando no están actuando, cuando la claqueta aún no ha sonado y Murakami -en verdad- aun no ha gritado «¡Acción!«. Te cuenta cómo llegan a casa, dejan las llaves y se quitan los zapatos. Cómo se abren una cerveza y se ponen un CD de música. Sus rutinas.

En el buzón no había ninguna carta. En el contestador automático tampoco había ningún mensaje. Por lo visto, nadie me necesitaba. Perfecto. Yo tampoco necesitaba a nadie. Saqué hielo del refrigerador y, en un vaso grande, me preparé un generoso whisky con hielo, al que añadí un poco de soda. Luego me desnudé, me metí en la cama y, recostado en la cabecera, fui tomándame el whisky a sorbitos.

Nota: como le gusta tanto la música a Murakami, estoy escribiendo esta entrada con una lista de Spotify que se llama Haruki Murakami’s Personal Jazz List. Ignoro si es o no de él de verdad, pero me pegaría bastante, han saltado muchos de los artistas que suele mencionar en sus libros.

Como os decía, mientras ellos están tan tranquilos, a su alrededor están ocurriendo cosas: luchas entre fuerzas poderosas (el Sistema y los semióticos), monstruos que acechan (los Tinieblos), investigaciones secretas y espionaje, humanos a los que les separan de su sombra, eliminación del sonido y ¡unicornios pastando! ¡por dios!

Conclusiones de El fin del mundo de Murakami

En este segundo intento puedo decir que El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas me ha encantado. Son más de 600 páginas de novela, eso hay que saberlo desde el principio, pero no se hacen para nada pesadas. Las historias de cada mundo están intercaladas, así que te da la sensación de estar leyendo dos libros a la vez.

Cuando terminas un capítulo de «El fin del mundo» quieres saber cómo continúa, pero te toca esperar y volver a la historia de «Un despiadado país de las maravillas» (y así alternativamente). Al final, sin darte cuenta, terminas manteniendo una especie de carrera contigo misma porque quieres saber cómo avanzan los dos argumentos y, sobretodo, descubrir qué es exactamente lo que tienen en común.

Para saber cómo están relacionados el cráneo de un unicornio y un contable del gobierno tendrás que leer la novela. Si te quieres dejar atrapar por otros mundos, por dos aventuras en las que la mente y el corazón humano son objetos de estudio: este es tu libro.

-¿Por qué bebes tanto? -me preguntó. 

-Quizá porque tengo miedo -dije.

-Yo también tengo miedo y no bebo.

-Tu miedo y el mío son distintos. 

-No sé qué decirte -replicó.

-Con los años, aumenta el número de cosas irreparables.

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