El caballero inexistente / Italo Calvino

Hablar de (o más bien leer a) Calvino es sinónimo de acierto, no sé por qué he dejado pasar tanto tiempo desde lo último que leí de él. Eso fue «Bajo el sol Jaguar», compuesto de tres cuentos, que me encantó y así lo comenté aquí en su día.

Antes de eso fueron: «El barón rampante» (el primero de todos, con el que me encandiló) y «El vizconde demediado» (con el que se terminó de afianzar el enamoramiento). El próximo que lea de él será, sin falta, «Si una noche de invierno un viajero».

Volviendo a la novela que nos ocupa, «El caballero inexistente», en realidad forma parte de una trilogía, las otras dos novelas son precisamente -mira tú qué suerte- las dos que leí en su día: «El barón rampante» y «El vizconde demediado». Así que con esta, cierro un ciclo.

Como ya sospecháis he disfrutado muchísimo con el libro. Del mismo modo que me ocurrió con las otras dos, la imaginación de Calvino unida a su capacidad de observación del ser humano te traslada a una aventura con personajes peculiares donde cada uno tiene un rol y un perfil fantásticamente ordinario. Perfiles y roles para los que es fácil encontrar ejemplos en vuestras vidas.

La novela puede ser interpretada de muchas formas, como siempre eso está en manos del lector. Sin embargo, en esta edición la novela viene precedida de un prólogo que incluye un texto -probablemente del propio Calvino ya que figuraba en la solapa de la 1ª ed.- en el que se da un consejo:

El caballero inexistente se lee prescindiendo de todos los significados posibles, pasándolo en grande con las aventuras de Agilulfo y de Gurdulú, con la aguerrida amazona Bradamante y el joven Rambaldo, con el sombrío Turrismondo, con la maliciosa Priscila y con la plácida Sofronia.

Así, con la mente en blanco, es como intenté afrontarlo.

Y entonces te encuentras en la época de Carlomagno y te presentan a un caballero, Agilulfo, bajo cuya armadura no hay absolutamente nada. Es un paladín recto, noble, leal, responsable en extremo, concienzudo, siempre listo para servir, eficaz y para el que su única aspiración es ser y realizar sus labores de caballero a la perfección. Obviamente, no es muy apreciado entre sus compañeros de batalla.

¡Os hablo a vos, paladín! -insistió Carlomagno-. ¿Cómo que no mostráis la cara a vuestro rey?
La voz salió neta de la mentonera: -Porque yo no existo, sire.

-¡Y ahora esto! -exclamó el emperador-. ¡Entonces tenemos entre nuestras filas un caballero que no existe! Dejadme ver.

Agilulfo pareció vacilar un momento, y después, con mano firme pero lenta, levantó la celada. El yelmo estaba vacío. Dentro de la armadura blanca de iridiscente cimera no había nadie.

-¡Vaya, vaya! ¡Lo que hay que ver! -dijo Carlomagno-. ¿Y cómo os las arregláis para prestar servicio, si no existís?

-¡Con fuerza de voluntad -dijo Agilulfo- y fe en nuestra santa causa!

-Claro, claro, muy bien dicho, así es como se cumple con el deber. Bueno, para ser alguien que no existe, valéis mucho.

Acompañándole va Gurdulú, que físicamente sí existe pero parece que poco más. Es un personaje bastante curioso, está bastante para los pollos, se mimetiza con aquello que se le pone en frente. Si es una gallina, él se cree gallina, si es una puerta, él se cree puerta, etc. Así que imaginaos a éste de escudero del anterior.

Por otro lado tenemos a la chica, Bradamante, también guerrera, enamorada de Agilulfo -que como os imagináis está a sus cosas- y perseguida por Rimbaldo, que va como un perrito faldero detrás de ella.

Así corre siempre el joven hacia la mujer: pero ¿es realmente amor por ella lo que lo empuja? ¿O es más bien amor de sí mismo, búsqueda de una certeza de que existe que sólo la mujer puede darle? Corre y se enamora el joven, inseguro de sí, feliz y desesperado, y para él la mujer es aquella que con seguridad existe, y sólo ella puede darle esa prueba. Pero la mujer, también ella existe y no existe: hela aquí frente a él, temblorosa también ella, insegura, ¿cómo puede el joven no entenderlo? ¿Qué importa cuál de los dos es el fuerte y cuál el débil? Son iguales. Pero el joven no lo sabe porque no quiere saberlo: aquella de quien tiene hambre es la mujer que existe, la mujer cierta. Ella, en cambio, sabe más cosas; o menos; sea como fuere sabe cosas distintas; ahora es una distinta manera de ser lo que busca; realizan juntos una competición de arqueros; ella le regaña y no lo considera; él no sabe que es por jugar

Este Rimbaldo es otro joven caballero que pelea principalmente para vengar la muerte de su padre. En pleno campo de batalla conoce a Agilulfo y a Bradamante (de la que se enamora).

tienes que hacer una súplica a la Superintendencia de Duelos, Venganzas y Manchas al Honor, especificando los motivos de tu solicitud, y se estudiará la mejor manera de ponerte en condiciones de que obtengas la satisfacción deseada

En un momento dado, debido a un rumor, la posición como caballero de Agilulfo queda en entredicho y su misión es localizar a quien pueda dar fe de su antigua hazaña (por la que se le nombró caballero). ¡Imaginad que el caballero perfecto en realidad no lo sea! ¡que su investidura no fuera válida! A Agilulfo le daría un patatús. (Aunque, ¿cómo te da un patatús si no tienes cuerpo?)

A partir de aquí continúa la trama, en la que te llevas más de una sorpresa (a pesar de no ser muy largo el libro) y con la que puedes disfrutar de algo parecido a un cuento clásico, pero con la ironía, ingenio y humor de Calvino. No quiero desvelar nada al respecto.

A esas horas de la madrugada, Agilulfo tenía siempre necesidad de dedicarse a un ejercicio de exactitud: contar objetos, ordenarlos en figuras geométricas, resolver problemas de aritmética. Es la hora en que las cosas pierden la consistencia de sombra que las ha acompañado en la noche y vuelven a adquirir poco a poco los colores, pero mientras tanto atraviesan algo así como un limbo incierto, apenas rozadas y casi aureoladas por la luz: la hora en que menos seguros estamos de la existencia del mundo.

Como último detalle a destacar está la narradora, sor Teodora, que te cae bien desde el principio.

Yo, la que cuento esta historia, soy sor Teodora, religiosa de la orden de San Columbiano. Escribo en el convento, deduciendo de viejos papeles, de conversaciones oídas en el locutorio y de algún raro testimonio de gente que estaba allí.

Por medio de las pocas intervenciones directas de Teodora hacia el lector, el autor da rienda suelta a los sentimientos respecto a la escritura. Es una delicia leerle.

Ponerse a escribir con ahínco no evita que llegue una hora en que la pluma sólo rasca polvorienta tinta, y no discurre ya ni una gota de vida, y la vida está toda fuera, fuera de la ventana, fuera de ti, y te parece que nunca más podrás refugiarte en la página que escribes, abrir otro mundo, dar el salto. Quizá sea mejor así; quizá cuando escribías con gozo no era ni milagro ni gracia: era pecado, idolatría, soberbia. ¿Estoy ahora libre de ellos?

En resumidas cuentas, libro de 10 para amantes de la Literatura con mayúscula. Si aún no habéis tenido la suerte de leer nada de Calvino os diría que Agilulfo puede ser un buen introductor al imaginativo mundo de Italo Calvino.

¡Un saludo!

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