Noche cerrada / Chris Offutt

Qué gozada de libro esta «Noche cerrada» de Chris Offutt. Qué acierto, qué tres buenas sentadas me he pegado.

Había una serie de indicadores que apuntaban a que me iba a molar. No paraba de leer buenas referencias, lo he visto en la librería Estudio en escarlata más de una vez, las otras dos referencias de la editorial Sajalín me fliparon (Durgstore cowboy y Los reyes del jaco) y además quienes llevan las redes sociales de la editorial siempre están al quite para hacer buenas recomendaciones acordes a lo que publicas que te va gustando… como agradecimiento había que pillarse el libro.

El autor, Chris Offutt se crió en Kentucky desde que nació en el 58 hasta que escapó de ahí con 17 años, ha mamao el rollo sureño. Es de estos escritores que a lo largo de su vida han ejercido doscientos mil oficios distintos (véase Pedro Juan Gutiérrez) hasta que han podido vivir de la escritura de un modo u otro. En este caso además de como novelista, otro de esos modos ha sido como guionista de series como Treme (este dato lo he recibido con una ovación de fondo) o Weeds, pero él mismo afirma que «lo hacía por el cheque». Si tenéis más curiosidad por el autor, os recomiendo esta entrevista de El Periódico.

«Era infeliz y bebía demasiado y no trabajé en mi arte. Cumplí los tres requisitos de John Fante [ríe]»

Y ahora vamos con la novela(za). El protagonista es Tucker, un chaval de 18 años que acaba de volver a Kentucky tras la guerra de Corea (para poderse alistar mintió sobre su edad) con múltiples condecoraciones y dinero suficiente como para comenzar con un mínimo de dignidad una vida nueva. Esto es a mediados de los 50.

Había extrañado la inmensidad pura del cielo nocturno, el diminuto cúmulo de las Pléyades, la espada de Orión y el cazo de calabaza que apuntaba al norte. La luna estaba en fase menguante, apenas se la veía, era como si le hubiesen metido un bocado. El cielo se volvía negro en todas las direcciones. Las nubes obstruían las estrellas y conferían al aire una profundidad insondable. El perfil de las copas de los árboles había desaparecido y los montes se fundían con el negro tapiz del firmamento. Era noche cerrada y se sintió a salvo.

A medio camino hacia su casa, la suerte hace que se tope con una chavalita, pocos años menor que él, que se encuentra en apuros: se llama de Rhonda y su Tío Boot está tratando abusar de ella en una carretera apartada. Tucker la salva y los dos toman la decisión de seguir su camino juntos: esta unión sin papeleos ni ceremonias determinará la vida de ambos y de lo que nos queda de novela.

El autor te mantiene con un nudo en el estómago casi permanente mientras narra la vida de Tucker (como conductor para contrabandistas de alcohol) y Rhonda (como mujer fuerte y madre abnegada).

Los sureños que partieron hacia Ohio y Michigan en busca de trabajo preferían el alcohol destilado en casa, y el negocio de Beanpole prosperó gracias a todos esos cargamentos destinados al norte. Tucker y los demás conductores regresaban con cajas de whisky aprobado por el gobierno con las que Beanpole traficaba en medidas de media pinta por los condados donde imperaba la ley seca. Financiaba en secreto las campañas políticas y hacía donaciones a muchas iglesias. Su red de sobornos abarcaba dos estados e incluía sheriffs, alcaldes, agentes de policía, guardias de prisión, magistrados, un par de médicos, tres jueces y varios curas. Nunca lo habían arrestado.

Te preguntarás cómo las desgracias pueden tenerte enganchanda a un libro sin soltarlo: pues porque rebosa humanidad y quieres saber si Tucker consigue o no su sueño. Estás del lado de Tucker, de eso no hay duda. Estás esperando, ansiosa, que cambie la suerte a su favor de una vez por todas.

en prisión hay toda clase de gente. Buenos y malos. La mayor parte son simplemente gente sin suerte.

-¿Y tú qué eras?

-Un poco las tres cosas, así que entremedias. Como la mayoría de los que están allí.

-¿Entremedias de bueno y malo?

-Exacto.

-¿Cómo se puede estar entre medias de la suerte?

-Es donde está todo el mundo casi siempre. La gente no sabe lo afortunada que es hasta que les sobreviene la mala suerte.

Por otro lado, el ambiente sureño, el post-western le llamaría yo, me flipa. Este autor, que se ha criado ahí, te hace respirar polvo y tener que entrecerrar los ojos por el sol, aunque estés en tu saloncito de noche, con un cubata y el aire adondicionado. De repente estás meciéndote en un porche, con la escopeta al lado, viendo el árbol con su columpio colgado en frente tuya, el whisky estratégicamente situado en la mesilla de al lado y este libro en tus manos. Ahí estás tú (menuda caló) espiando a toda esa gente para la que las armas, la familia y la tradición son los pilares de todo.

-¿A dónde primero? -preguntó- ¿Prostíbulo o mercería?

-¿Merce qué? – Tucker se planteó si iba a tener que golpearle de nuevo.

-Mercería. Tienen ropa de caballero.

-Pistola -dijo Tucker-. Y cuchillo.

No creo que se deba decir nada más de la trama porque es una pena destripar qué les pasa a Tucker y a Rhonda, animo a que lo descubra cada uno individualmente. Estoy segura de que si lo empiezas es imposible parar de leerlo, tienes que llegar hasta el final. Este libro no defrauda, creo que los de Sajalín podrían usar ese viejo eslogan de «si no está satisfecho, le devolvemos su dinero» sin miedo a sufrir pérdidas.

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