Narraciones, teatro y poesía / Pío Baroja

Primero fue «El árbol de la ciencia» y después fue «La busca», con eso bastó para tenerme a sus pies. De ambas he escuchado a gente decir pues yo no pude con ella y siempre se me encoge algo dentro cuendo lo oigo, está claro que hay gustos de todo tipo pero a mí estas dos novelas me abrieron los ojos al mundo barojiano (ojalá este término no exista y acabe de inventármelo). La primera a los diálogos filosóficos, existencialistas o vitalistas, tan presentes en sus obras. La segunda al costumbrismo madrileño (y vasco) y más concretamente a los retratos realistas de los suburbios y sus gentes. Esto es lo que definitivamente me enganchó: sencillez y pureza, con más o menos roña.

Desde entonces he leído mucho Baroja, muchas de sus novelas y trilogías más conocidas, sin embargo hasta ahora nunca había leído teatro ni poesía de su autoría. No tiene pinta de que sea muy conocida esa parte de su obra, pero a raíz de las Conversaciones con Pepín Bello, donde se contaba lo siguiente, me picó el gusanillo:

Pío Baroja vivía en un chalet muy hermoso. En la planta baja tenía un salón muy grande donde habían construido un escenario pequeñito, que bautizó como el Mirlo Blanco. Había unas cincuenta sillas para asistir a las representaciones. Don Pío había dispuesto que ese escenario sirviese para representar obras que hubieren sido concebidas exclusivamente para ser representadas en el teatro de su casa.

Así que he abordado uno de los tomos de las obras (casi casi) completas que tengo, en el que se incluye teatro, poesía y algunas otras narraciones no extensas. No me he leído el tomo entero, solo algunas obras. El criterio que he seguido para elegir ha sido el título, simplemente.

Narraciones

Como siempre, resulta muy entretenido leer las historias que nos cuenta Baroja por medio de sus personajes. Además, tiene la capacidad de trasladarte a cualquier entorno. Cuando estás leyendo «Los contrabandistas vascos» reconoces perfectamente los montes, los caseríos y el tipo de los personajes. Se nota que a Baroja le gustaba resaltar las características de las distintas regiones, vascos, andaluces, madrileños, catalanes… cada cual con sus cositas. En «El nocturno del hermano Beltrán» se toma la molestia de escribir los diálogos intentando representar los distintos acentos y formas de hablar de personajes de distintas procedencias.

Además de la cápsula en la que te transporta Baroja de un lado a otro, encuentras historias con su presentación, nudo y desenlace que me han parecido entretenidas.

La historia de Beltrán el cura de pasado misterioso (y parece que no muy limpio), aunque predecible, me ha gustado mucho. A pesar de ser una narración prácticamente todo el texto se basa en diálogos, así que casi podría considerarse teatro. Lo mismo ocurre con «Los captichos del destino», en donde tenemos a un profesor jubilado al que solo le sale mirar hacia atrás. Este no es tan trepidante como pueda ser la de Beltrán, pero sí muy reflexiva.

Dicen que no hay que odiar, porque con el odio, ¿hasta dóndese va? Sakia Muni parece que ha dicho: «Si contestas al odio con el odio, hasta dónde llegarás?», A mí me parece muy lógico, dada nuestra vida, odiar al que nos odia, querer al que nos quiere, no por utilidad, sino porque es lo natural. Si no, no hay color ni matiz en la vida. ¿De qué se va a dejar uno llevar?

En cuanto a «Los contrabandistas vascos» es costumbrismo de principios del SXX. En ella se cuentan historias de lo que propio título indica, tanto a nivel profesional como personal. Es interesante leer las costumbres y tretas que empleaban.

Ninguno de los contrabandistas -siguió diciendo Caillacox –era conocido por su nombre, sino por sus apodos, sus inclinaciones y sus gustos, entre los que había algunos muy bien escogidos, con relación a su aspecto y a su manera de ser. Había un Pizcor (‘inteligente’, ‘vivo’), Arlota (‘vago’), Suranguilla («lagartija’), Bizharra (‘barbita’), Zizari (‘lombriz’), Galcha-gorri (‘grajo’), Alorotz (‘herrero’), y todos ellos más conocidos por el mote que por el nombre de familia.

Nunca habría pensado que la sacarina estaba tan cotizada:

Si les sorprendían los carabineros y les daban el alto, tiraban al suelo o entre las rocas paquetes que tenían género de poco valor, pero la sacarina la defendían con toda su alma.

Otra de las cosas que más me sorprendió al leer este título, es que el euskera que aparece no incluye la K en ningún caso. Es todo con C. Así que me informé. Al parecer, cuando Baroja escribió esto, aún no estaba estandarizado el asunto de la gramática del euskera y de ahí que lo de Baroja salga todo con C. Curioso.

Teatro

De teatro he leído dos obras: «Adiós a la bohemia» y «Arlequín, mancebo de botica, o Los pretendientes de Colombina». Como el propio Baroja comenta, lo que busca cuando escribe teatro es servir de divertimento a quien lo vea representado: es lo que consigue.

La primera («Adiós a la bohemia»: titulazo) trata de una pareja de viejos amigos que, como buenos parroquianos en su bar de siempre, se ponen al día. Al leerlo me ha recordado a algunas de las historias de distintos artistas/bohemios coetáneos a Baroja (conocidos o no) que he encontrado tanto en las Conversaciones con Pepín Bello como en Las sinsombrero.

TRINI. Oye, qué hiciste de aquella tela…? Estaba yo con un corazónen la mano, sonriendo…

RAMÓN. La quemé… Aquella figura es la mejor que me ha salido.. no podía hacer otra cosa que resultase a su lado.. Hubiera tenido necesidad de tiempo… de tranquilidad… y ya sabes, no tenía tiempo, ni tranquilidad, ni dinero. Me quisieron comprar el cuadro sin concluir, y dije: iNo, qué demonio, lo quemo..! Y le pegué fuego. Romperlo me hubiera hecho daño. Ya no pienso coger los pinceles. (Se queda mirando fijamente al suelo.)

Además, en las dos obras que he leído, el ambiente y la forma de expresarse de muchos personajes, es totalmente castizo.

TRINI. ¡Roñoso!

RAMÓN. ¡Si ese hermanito tuyo es un ganguero! Y vosotras le habéis dado… ¡Qué primas!

TRINI. Y bien. ¿Te importa algo?

RAMÓN. A mí… Nada, mujer… Tu dinero es y tú lo ganas con tu honrado trabajo.

TRINI. ¡Asaúra! Tienes la asaúra en la boca. A mí tú, ya sabes… cero. ¿Te ríes, calamidad?

En «Arlequín, mancebo de botica, o Los pretendientes de Colombina» encontramos la típica historia de conquista e intereses amorosos de forma humorística. Me ha sorprendido leer a Baroja en estos términos, un rollo Poncela.

Poesía: «Canciones del suburbio»

No soy muy de leer poesía, no he leído mucha, ya lo he dicho otras veces. Sin embargo la mayoría de las veces, cuando me pongo a ello, lo disfruto. Debería hacerlo más. Me gusta la poesía directa, sin demasiadas florituras, entendible más que interpretable (aunque si tiene ambas características, mejor que mejor).

Y Baroja es entendible, directo. Con sus «Canciones del suburbio» te lleva de paseo por el Madrid de entonces (que también es el de ahora, en muchos casos). Retrata al castizo a ritmo de rima, y eso es una cosa que me enamora. Es de los pocos libros de poesía que si viera, lo compraría para tenerlo, seguro. Os dejo aquí «Un madrileño castizo», pero esta recopilación de poemas incluye otros titulados como (al loro): El paseo del Retiro, La casa del crimen, Casa de préstamos, El billarista, Invitación a la golfería, Casa de juego, Las Vistillas de Madrid, El señorito golfo, El Chato de las Vistillas, El organillero…

No tienen desperdicio.

UN MADRILEÑO CASTIZO


Soy madrileño castizo,
y el teatro me embelesa;
voy casi todas las noches
a ver alguna comedia,
un sainete, un melodrama,
una revista o zarzuela.

Nunca tuve el pesimismo
de esos que llaman estetas,
que ven en todo motivo
de dolor y de tristeza.
Soy un gran admirador
de Ricardo de la Vega,
de Burgos y los Quintero,
de Echegaray y Dicenta,
de Barbieri y Caballero
y, sobre todo, de Chueca.

Eso del color local
me parece cosa excelsa,
y me río con las frases
que dicen en La verbena,
en El santo de la Isidra
o en la Frescachona Pepa.

Celebro los jeribeques
de Julio Ruiz y Carreras,
de Rosell y de Pinedo,
de Moncayo y de Romea,
y la voz de la Pretel,
de la Montes y Lucrecia
Arana y otras de nombre
en el mundo de la escena.

Nunca he sido tan incauto
para andar tras las estrellas,
y en esa cuestión de faldas
me quedo con la parienta.

Tampoco soy un juerguista,
ni me seducen las grescas,
ni me han llevado jamás
a dormir a la delega,

ya que soy hombre tranquilo,
dotado de gran prudencia,
que no le gustan los líos
ni alardear de guapeza,
y nunca me hicieron gracia
las broncas y las peleas.

En verano voy al Prado,
y cuando el calor aprieta
paseo por Recoletos
mecido en una manuela.

Tal es mi vida, y no añado
ninguna otra cosa nueva,
no vayan las novedades
a perturbar mi existencia.

En fin, que no puedo dejar de recomendar que os adentréis en el prolífico mundo de Pío Baroja.

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